sábado, junio 10, 2006

Domingo 11 de Junio Santisima trinidad

SOLEMNIDAD DE LASANTÍSIMA TRINIDAD

PRIMERA LECTURA
El Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro
Lectura del libro del Deuteronomio 4, 32-34. 39-40

Moisés habló al pueblo, diciendo: - «Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como ésta?; ¿se oyó cosa semejante?; ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?; ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor5 vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos?
Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre.»
Palabra de Dios.

Salmo responsorial Sal 32, 4-5. 6 y 9. 18-19. 20 y 22 1 2b)
Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

La palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos, porque él lo dijo, y existió, él lo mandó, y surgió.
Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.
Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
SEGUNDA LECTURA
Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: "¡Abba!" (Padre)
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 14-17
Hermanos:
Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre).Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.
Palabra de Dios.
Aleluya Ap 1, 8Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, al Dios que es, que era y que viene.EVANGELIOBautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo
Lectura del santo evangelio según san Mateo 28, 16-20
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.Acercándose a ellos, Jesús les dijo:- «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»
Palabra de Dios.

Reflexión


TRINIDAD DE DIOS, ¿UN IMPRESIONANTE GALIMATÍAS?
1.- ¿Será mucho decir que, para los más de los cristianos, la afirmación de la Trinidad de Dios es un impresionante galimatías? ¿Será excesivo el temor de ver que para la inmensa mayoría de creyentes esta afirmación trinitaria resulta inútil, sin incidencia alguna en la praxis cristiana, sin la menor garra para la hora del compromiso temporal y aun ––si se apura un poco–– para la llamada vida espiritual” de los bautizados?
El dogma de la Trinidad de Dios, por desgracia, no pasa de ser una verdad aprendida en la infancia, reiterada en los actos de culto de manera rutinaria. Y, sin embargo, resulta de todo punto imposible una correcta comprensión del cristianismo sin una referencia muy radical a este dato de la revelación de Dios. La Trinidad de Dios es un componente básico de la biografía humana. El misterio de la Santísima Trinidad resume la fe cristiana en su núcleo central. Todos sabemos que la revelación bíblica es la historia del amor que existe entre Dios y el hombre, todo hombre.
El Antiguo Testamento nos enseña sobre todo la grandeza del único Dios y Creador del Universo, de la nada crea algo distinto a sí mismo, de una diversidad y complejidad asombrosas, y pone en su centro al hombre, para que domine este mundo como su representante.
En el Antiguo Testamento también, Dios nos revela que como Padre siempre perdona a sus hijos e hijas, y no nos olvida a pesar de nuestras frecuentes infidelidades. Esta fe compartimos los cristianos con los judíos, y los musulmanes. Creemos que hay un solo Dios, y que todos los pueblos le pertenecen.
San Agustín decía "No es difícil comprender que Dios existe", siguiendo el argumento de San Pablo, "Dios mismo lo dio a conocer ya que sus atributos invisibles, su poder divino y su divinidad se hacen visibles a los ojos y la inteligencia desde la creación del mundo por medio sus obras"
En cambio el Nuevo Testamento a la vez que va afirmando la existencia de Dios Padre descubre a Dios en su vida interior, como Él ha sido siempre, desde todo la eternidad. Nos revela que el Padre nunca ha estado solo, sino que "Dios es familia". Y lo sabemos justamente por el Hijo que fue anunciado por los antiguos profetas y que nos envió al Espíritu Santo, quien vivifica todo. Es Jesucristo quien nos reveló la perfecta unidad de vida entre las divinas personas. No fue invención de generación de cristianos posteriores.
2. -El motivo de la exteriorización de la Santísima Trinidad no es otra que su vida interna misma. Dios es amor, entrega mutua y total entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Cada persona en Dios se identifica justamente, por no reservarse nada y brindarse absolutamente al otro de tal modo que son uno solo en la diversidad.
Esta dinámica lo llevó a Dios a salir de sí mismo, no solo a crear el mundo sino para encarnarse en él. Es el Dios que va al encuentro del hombre. Recién a partir del misterio de Dios UNO Y TRINO que Jesucristo nos ha dado a conocer, comprendemos en profundidad lo que significa la afirmación de la Biblia sobre el hombre cuando dice en las primeras páginas, "Dios creó al hombre a su imagen, lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer, y los bendijo diciendo sean fecundos y multiplíquense".
El hombre lleva en su naturaleza la impronta del Dios trinitario es decir, la persona humana, igual que Dios mismo es por su origen y también su finalidad un ser Social, creado por amor y para el amor.
Solamente la entrega a los demás da la plenitud y la felicidad al hombre. Esa entrega mis hermanos comienza por la familia, nuestras familias están llamadas a ser fieles espejos de la Santísima Trinidad. Por eso la familia debe crecer cada día más en el conocimiento del DIOS AMOR.
El amor que es amistad, amor conyugal, amor paternal, amor maternal, amor filial, caridad. Esta vivencia de lo que llamamos amor de familia, lo comprendemos en sus mutuas relaciones mejor desde el misterio de la Santísima Trinidad. Y esto trae consecuencias para la valoración de las personas en sus diferentes roles que hay que entender como complementarios y no opuestos.
Estamos acostumbrados a pensar que como lo segundo viene después de lo primero es inferior, y no digamos ya que lo tercero, pensamos que el que manda es superior al que obedece, o que el primogénito tiene mayores derechos que el hermano menor.
A la luz de la Trinidad nos damos cuenta del inmenso error que contiene esta mentalidad prácticamente universal. Aplicado al matrimonio, varón y mujer, creados a imagen de Dios, en realidad desde la Fe es insostenible considerar a la mujer de segunda. Como no podemos pensar que el Hijo eterno de Dios, la segunda persona en Dios, sea inferior al Padre. Los dos son diferentes pero esencialmente iguales en su naturaleza divina. Unidad en la perfecta diversidad, pluralidad en la perfecta unidad.
Esto lo entendemos hoy, en el mundo de la tradición cristiana mejor que en tiempo de nuestros antepasados. La igualdad radical de todo ser humano, varón y mujer, es un reclamo generalizado. Entre paréntesis mis hermanos nos damos cuenta: que importante es este mensaje de la Santísima Trinidad para la civilización, por que hay otras culturas que no conocen a este Dios Trinitario, y no nos asombra, entonces que la mujer no tenga el mismo rol que debería ejercer en la tradición cristiana.
3. En un momento de fuerte desintegración, la fe en este misterio es un potencial que fortalece sana y renueva los vínculos entre las personas. Jesús invitándonos a participar en la vida de la Trinidad hace posible que alcancemos nuestra mayor dignidad y una autentica relación con los demás en la Justicia y el Amor. La Iglesia que es signo e instrumento de la íntima unión con Dios, y de la unidad de todo el género humano se reconoce como servidora de la dignidad humana, y de comunión fraterna en la hora actual.

Antonio Díaz Tortajada
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EL MISTERIO DE DIOS
1.- Estamos rodeados de misterios. Y el misterio nos desazona y al tiempo nos atrae. ¿Y nos atrae el misterio precisamente porque procedemos, como imagen y semejanza del gran misterio de Dios, y regresamos a ese gran misterio? Pues sí. Y nos atraen todos esos otros misterios grandes o pequeños, que voy a tratar de enumerar:
--Los abismos del mar, sus grutas, sus corrientes, han espoleado al hombre hasta hacerle posible sumergirse y descubrir una mínima parte de sus misterios.
--Cualquier cavidad que nos abre la posibilidad de conocer las entrañas de la tierra nos hace soñar y hasta exponer la vida para descolgarse a la profundidad.
--La atmósfera, los astros de nuestro sistema, las galaxias han avivado el ingenio que ha dado alas al hombre haciéndole llegar a Luna y ponerse en contacto con otros astros, pero quedándose –como quien dice—en el país vecino, dejando en la oscuridad la inmensidad del misterio.
--El hombre investiga los elementos constitutivos de la materia y ha llegado a conocer los efectos de su disgregación, sin llegar a conocer la misma esencia de esa materia.
--Nos zambullimos dentro de nosotros mismos y dentro de nuestra psicología, de nuestro subconsciente, nos tropezamos con mil misterios
Y si en este caminar por la orilla de lo pequeño, limitado y material nos vamos dejando jirones de misterio a nuestro paso, ¿qué misterios no nos dejaremos en la otra orilla de lo infinito, de lo temporal, de lo impalpable, de lo divino?
No era necesario que Dios fuera un solo Dios y Tres Personas para ser un misterio. ¿Qué sabemos nosotros de Dios? “Dios no le ha visto nunca nadie, nos dice San Juan.
2.- Pero lo importante no es lo que nosotros sabemos o sentimos de Dios, sino lo que Él es en si mismo y lo que siente por nosotros.
--El misterio de Dios Trino nos dice que Dios no pudo ser un Ser solitario, sino que siendo AMOR tuvo que ser como un hogar. No fue un solterón satisfecho de Sí mismo, fríamente sentado en su trono.
--Que por ser amor se le escapó ese amor hacia y fuera y creó el universo para poner en él al hombre, hecho a su imagen y semejanza, necesariamente amor y formador de hogar, social por esencia, para quien el egocentrismo es la negación de su propio ser.
--Y ese Dios misterioso (y tanto más misterioso cuanto más se preocupa del hombre) por volver a encaminar al hombre al buen camino, envía a su propio Hijo, y permite que la maldad humana lo mate, como los viñadores al hijo del dueño de la Viña.
--Y ese Hijo de Dios, libremente, asume que “yo doy mi vida y la tomo de nuevo”. Hecho amigo nuestro da su vida por nosotros. Nadie tiene más amor que el que da la vida por el amigo
--Y ese mismo Dios Espíritu Santo, Espíritu de amor se derrama sobre nosotros para que esa imagen y semejanza nuestra a Dios sea perfecta uniéndonos unos a otros en un mismo amor de hijos de un mismo Padre Dios y por tanto hermanos entre sí.
Esto es lo que Dios siente por nosotros, independientemente de lo que nosotros pensamos o sintamos por Él.
3.- Los vislumbres del misterio de Dios en la noche de la Fe, y sus reflejos en la Eucaristía, lo plasma así San Juan de la Cruz:

Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida.
Su origen no lo sé, pues no lo tiene
mas sé que todo origen de ella vine
Aunque es de noche
La corriente que nace de esta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente.
La corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede.
Bien sé que tres en sola una agua viva
residen y una de otra deriva
Aunque es de noche
Aquesta eterna fonte es escondida
en este vivo pan por darnos vida
Aquesta viva fonte que deseo
en este pan de vida yo la veo
Aunque es de noche

José María Maruri, S. J.
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LA TRINIDAD: MISTERIO DE COMUNIÓN
1.- Cuando queremos referirnos a un tema sumamente complicado, o aparentemente inescrutable, decimos con frecuencia que se trata de un tema tan difícil de explicar como el misterio de la Santísima Trinidad. Y es porque, al hablar de la Santísima Trinidad, nos estamos refiriendo al misterio teológico del Dios Uno y Trino. San Agustín se pasó veinte años meditando y escribiendo, interrumpidamente, sobre este misterio. Así publicó, al fin, el amplio tratado --catorce libritos—sobre la Trinidad, un libro que, según él mismo nos dice, lo comenzó de joven y lo terminó siendo viejo. Durante esos veinte años, más de una vez interrumpió el trabajoso y fatigoso estudio, porque pensaba que debía ocuparse en otros trabajos que eran más útiles para un número mayor de personas y porque creía que rara es la persona que cuando habla de la Santísima Trinidad sepa de qué cosa habla.
2.- Yo, que intento ser buen agustino, pienso que hoy, en nuestro trabajo pastoral, no debemos fijarnos tanto, o nada, en el misterio estrictamente teológico y debemos hablar y predicar sobre la Trinidad insistiendo en el aspecto y la dimensión pastoral y vivencial de este misterio. Porque estoy convencido que nuestra vida espiritual o es una vida trinitaria, o no es vida espiritual. La Trinidad es antes que nada, comunicación y comunión. Una comunicación basada en el amor y una comunicación de amor. Dios es amor, nos dijo ya San Juan y repetirían después muchas veces San Agustín y otros muchos santos; el fruto del amor del Padre es el Hijo y el cordón umbilical que une al Padre con el Hijo --el Espíritu Santo-- es el Amor. El misterio de la Santísima Trinidad es, pues, un misterio de Amor y así debe ser el misterio de la vida de todo y cualquier cristiano. Cuando yo amo a Dios, me comunico con Dios, comulgo con Él.
Y, como cada vez que amo a Dios amo en Él al prójimo y cada vez que amo al prójimo amo a Dios en el prójimo, resulta que siempre que amo con amor cristiano estoy participando en un amor trinitario. En este sentido tiene plena validez y fuerza la conocida frase de San Agustín; ama y haz lo que quieras. Porque cuando amas a Dios y al prójimo con un amor trinitario es siempre Dios --el Dios Amor-- el vínculo de unión, y el fruto de ese amor sólo puede ser Dios mismo, el Dios Amor. Esto debemos realizarlo y vivirlo en nuestras relaciones de cada día: con nuestros padres y familiares, con nuestros amigos, con todas las personas con las que tratamos y convivimos, con las personas con las que nos comunicamos y con las que comulgamos. Los frutos de mi amor con el prójimo deben ser los mismos dones del Espíritu Santo, es decir, la paz, la bondad, la generosidad, el amor...
3.- En esta fiesta de la Santísima Trinidad, nuestro propósito debe ser un propósito sencillo y nada misterioso: el propósito de amar y de dejarnos amar con el amor de Dios. Un amor de comunión que me lleve a comulgar diariamente con los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren (Gaudium et Spes). Así podremos celebrar dignamente la fiesta que hoy celebramos, sin perdernos ni marearnos en los oscuros senderos y laberintos del misterio teológico de la Santísima Trinidad.

Gabriel González del Estal
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GUIÓN Y LECTURAS
PARA LA MISA DEL
DOMINGO 11 DE JUNIO
DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
http://www.celebrandolavida.com.ar/


DOCUMENTOS
DE LA LITURGIA
http://www.celebrandolavida.com.ar/

miércoles, junio 07, 2006

Guión de misa para celebra la Santisima Trinidad

Celebrando la Vida
en el
Nuevo Milenio
Guiones para la celebración de la Cena del Señor
Ciclo "B"
Miguel Ángel Osimani
EDICIONES BETANIA

LA SANTÍSIMA TRINIDAD
PREPARACIÓN:
Antes de la salida del celebrante.
Hermanos, el pasado domingo, con la celebración de Pentecostés, hemos terminado la gran celebración festiva del Misterio Pascual de Cristo. Y hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad: la confesión de nuestra fe en un solo Dios en tres Personas; el gran misterio que supera toda inteligencia humana.
AMBIENTACIÓN:
Luego del saludo inicial y antes del acto penitencial.
Nuestro Dios es un Dios muy cercano a nosotros: permanece con nosotros y entre nosotros hasta el final de la historia. Él, que nos ha creado a su imagen y semejanza, nos sostiene en la existencia, nos acompaña en todo momento con su providencia; y por el Bautismo nos hace participar de su misma vida divina, haciéndonos hijos adoptivos y transformándonos en templos vivos de la Santísima Trinidad.
1ª. LECTURA: (Dt 4, 32-34. 39-40) (texto)
Moisés intenta que le pueblo de Israel tome conciencia de la presencia concreta de Dios; un Dios que se acerca a un pueblo, que le habla, y sobre todo, que vino para buscarlo para sí en medio de otro pueblo.
SALMO RESP.: (32, 4-6. 9. 18-20. 22 (texto)
R. ¡Feliz el pueblo que el Señor se eligió como herencia!.
2ª. LECTURA: (Rm 8, 14-17) (texto)
Pablo nos manifiesta que por nuestra unión al Misterio Pascual de Cristo, somos verdaderamente hijos de Dios, al que podemos llamar con toda confianza: Padre.
EVANGELIO: (Mt 28, 16-20) (texto)
El Señor Jesús, antes de ascender junto al Padre, deja a sus Apóstoles, y en ellos a todos nosotros, la gran misión: hacer que todos los hombres y hasta el fin del mundo, se conviertan en sus discípulos..
ORACIÓN DE LOS FIELES:
CELEBRANTE:
Queridos hermanos, glorifiquemos a Dios Padre que, por el Espíritu Santo, vivificó el cuerpo de su Hijo, para que su carne resucitada fuera fuente de vida para los hombres, y elevémosle esta oración humilde y confiada.
GUÍA: A cada una de las intenciones responderemos orando:
"PADRE, ESCUCHA NUESTRA ORACION"
v Padre, te pedimos por la Santa Iglesia y el Vicario de tu Hijo, para que siempre recibamos por ellos, la gracia de Jesucristo, el amor del Padre y el don del Espíritu Santo, oremos...
v Padre, te pedimos por nuestra Iglesia diocesana, para que nunca nos falten tus ministros, que haciéndonos verdaderos discípulos tuyos, nos confirmen en la fe verdadera, oremos...
v Padre, te pedimos por nuestra Patria, para que todos los que la habitamos, confesándote como único Dios en tres Personas, vivamos en la fe, en la esperanza y en el amor, oremos...
v Padre, te pedimos por todos los que sufren, para que reconociendo en ellos a verdaderos hijos tuyos y hermanos nuestros, nos prodiguemos en amor fraterno, oremos...
v Padre, te pedimos por todos los cristianos del mundo, para que conscientes de tu presencia en nosotros, comunicándonos tu propia vida, seamos fermento de unidad y demos testimonio de ti ante los hombres, oremos...
CELEBRANTE:
Padre compasivo y bondadoso, que por el amor que nos tienes enviaste al mundo a tu Hijo para salvarnos, recibe nuestra súplica y que la acción del Espíritu Santo en nosotros la convierta en realidad. Te lo pedimos por tu Hijo, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos.
PRESENTACIÓN DE LAS OFRENDAS:
Al pedirle al Padre que santifique estos dones que ahora le presentamos, pidámosle que por ellos nos transforme en una continua oblación a Él.
DIALOGO DEL PREFACIO:
Desde lo más íntimo de nuestro corazón, movido por el Espíritu Santo, surge ahora nuestra gozosa acción de gracias, porque el Padre nos ha mostrado su infinito amor en la obra Pascual de su Hijo.
COMUNIÓN:
El Señor hoy nos ha revelado el gran misterio de la comunión trinitaria; nuestra comunión eucarística tiene que ser un vivo reflejo y una participación de ella.
DESPEDIDA:
"La segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se encarnó y se hizo hombre en Cristo, está presente entre nosotros en el sacramento de la Eucaristía. Este es el tesoro más grande de la Iglesia, que lo conserva con inmensa gratitud y amor." A la Eucaristía esta dedicada la fiesta de "Corpus Christi", que celebraremos el próximo domingo y a la que todos estamos llamados a participar.

martes, junio 06, 2006

Noticia del Boletin "comunicandonos" Nro 48

La necesidad de repensar
la praxis de iniciación cristiana

Es natural que, frente a los resultados cada vez más escasos, no obstante el precioso empeño puesto en todos los niveles, se eleve, por parte de los diversos agentes pastorales de la comunidad cristiana, un grito que exprese semejante perplejidad: ¿qué debemos hacer?


Es el interrogante que nace del vivir esta común desazón, por no lograr que se convierta en significativo y duradero el acercamiento a la vida de fe. Un interrogante que podríamos resumir así: ¿cómo ayudar, a quienes hoy se acercan a la fe, a ser cristianos?
Todos estos elementos muestran la necesidad de repensar la IC particularmente de niños y adolescentes.

Una praxis que responda a una doble fidelidad: por un lado que respete y asuma los datos de la situación histórica actual y por el otro que atienda y responda a las propuestas de la Revelación cristiana.

La fidelidad a los datos de la historia no se agota con la exigencia de adaptar el lenguaje y el testimonio cristiano a la particular situación de los oyentes, sino que exige asumir la historia misma de los hombres, por positiva o negativa que sea, como posible "signo de los tiempos", es decir, como lugar a través del cual el Espíritu habla en el hoy de su Iglesia y guía su accionar en forma adaptada a los tiempos.

Se trata, entonces, de recibir las transformaciones no con sentido de resignación o de pesimismo, sino, como eventuales desafíos u oportunidades que Dios nos confía en la certeza de que Él no abandona jamás a su pueblo y también hoy lo conduce a nuevos e inesperados espacios de vida.

Un primer gesto de fidelidad a la historia es el de tener en cuenta la denunciada crisis de la civilización, reconocerla y asumirla efectivamente como un desafío que exige emprender una nueva pastoral que responda a tal situación, sin inútiles nostalgias.
La tradicional praxis vigente en torno a los sacramentos de la IC refleja por demás una situación social en la cual la cultura y las mismas instituciones civiles sostenían la fe y las costumbres cristianas.



Pero hoy "ya no es posible hacerse ilusiones, se hicieron demasiado evidentes los signos de la descristianización, y de la pérdida de los valores humanos y morales fundamentales. En realidad tales valores, que si bien brotan de la ley moral escrita en el corazón de cada hombre, muy difícilmente se mantienen en la vida cotidiana, en la cultura y en la sociedad, cuando decae o se debilita la raíz de la fe en Dios y en Jesucristo" (Juan Pablo II, Discurso a la asamblea del IIIº Convenio eclesial. Palermo, 20-24 de noviembre de 1995).

En este nuevo cuadro socio-religioso no es raro encontrar a cristianos que, si bien se profesan tales, no poseen más una fe cristiana auténtica, que incida en la vida y en sus decisiones morales, y, si hacen alguna referencia a la Iglesia, es en vistas a conseguir servicios religiosos.

"El secularismo afecta directamente a la fe y a la religión. Desconoce la importancia que éstas tienen para la existencia cotidiana de los hombres y para su realización eterna. Al prescindir de Dios, se despoja al hombre de su referente último y los valores pierden su carácter de tales, convirtiéndose en ídolos que terminan degradándolo y esclavizándolo. Las secuelas de esta actitud suelen manifestarse en diversas formas de corrupción, que afectan a las personas y dañan el conjunto del tejido social" "El secularismo actual concibe la vida humana, personal y social, al margen de Dios y se constata incluso una creciente indiferencia religiosa" (LPNE 12).

Tal secularismo involucra a las familias y aún a aquellos que son bastante fieles a los encuentros dominicales, lo que nos permite insistir en no dar por descontada la presencia de la fe cristiana en quienes se acercan para iniciarse en la fe -sean niños, adolescentes, jóvenes o adultos-.

Encuestas recientes que investigan la fe de los católicos, muestran la urgencia de una formación catequística más amplia y profunda y la necesidad de no suponer, ni en la predicación ni en los textos de catequesis, verdades esenciales, tales como la divinidad de Jesucristo, la existencia de la vida eterna, la realidad del mal y de la culpa. En este campo, apremia una valiente renovación de la formación catequética de los catequistas, una presencia más vigorosa de los sacerdotes en esta tarea y lograr procesos orgánicos más acordes con la maduración de la fe de las personas y de las comunidades.

Ante tal situación, la pastoral catequística deberá dar la primacía al anuncio del kerigma en vista a engendrar o regenerar la fe; una fe que involucre los aspectos públicos y privados de la existencia humana, que consolide el sentido de pertenencia eclesial y que haga que la comunidad cristiana no sea una simple agencia de servicios religiosos, sino, lugar de vida, de identidad y de experiencia concreta de la salvación obrada por Cristo.
Los contextos de vida en los cuales viven quienes acuden a la Iglesia para iniciarse en la fe son multiformes y esto nos obliga a saber recibirlos respetando a cada uno tal como es.

Al mismo tiempo es indispensable observar y reconocer que tales circunstancias son diversas, fluidas y mutantes; a tal punto que el mismo sujeto puede pasar fácilmente de un ambiente donde se vive cristianamente a otro totalmente opuesto.

Será importante comprender que la IC ha de estar en función de las personas y no viceversa. En consecuencia tiene que ser superada la praxis de proponer a los posibles catecúmenos -sean niños, adolescentes, jóvenes o adultos- un único camino basado en el ritmo y esquema del ámbito escolar.

El discernir las "disposiciones religiosas" con que acuden los posibles catecúmenos debe ser tomado con la seriedad necesaria a fin de configurar con mayor claridad el itinerario más conveniente de la IC para cada catecúmeno o grupo de catecúmenos.

Se hace pues, urgente, discernir serenamente y asumir con coraje una pastoral de la iniciación cristiana que exprese nuestra firme decisión de navegar mar adentro para echar las redes atentos a los consejos del Señor.

Será inevitable la fatiga y múltiples las dificultades a la hora de debatir el diseño y las opciones que exija esta pastoral, pero creemos que es la ocasión para renovar nuestra fidelidad al Señor y dar un nuevo vigor a nuestras comunidades cristianas.
P. Fabián Esparafita
arschingolo@ciudad.com.ar
Para mas información ver la sección paginas relacionadas con la catequesis

domingo, junio 04, 2006

Domingo de pentecostes - reflexión

PRIMERA LECTURA
Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11
Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:
- «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»
Palabra de Dios.
Salmo responsorial
Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34
Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas.
Les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra.
Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor.
SEGUNDA LECTURA
Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13
Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.
Palabra de Dios.

SECUENCIA
Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.
AleluyaVen, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor.

EVANGELIO
Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo
Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:«Paz a vosotros.»Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:- «Recibid' el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Palabra de Dios.
REFLEXION
¡NO ESTAMOS SOLOS!
1.- “Echa leña, sopla y el fuego jamás se apagará”. Dice el viejo proverbio. La culminación de la Pascua no es la Ascensión del Señor. Se marcho y nos dejó un sugerente y difícil encargo: “id por el mundo”.
Y el tesoro de la fe, llevado en nuestras manos de barro (como dice San Pablo) necesita de una fuerza que lo sostenga; un ánimo que lo empuje; una presencia que lo haga más vigoroso y fuerte.
Aquel testigo, que Jesús dejó a sus apóstoles, ha ido pasando de mano en mano, de continente en continente, de pueblo en pueblo, de parroquia en parroquia, a través de los siglos.
Y, un buen día, llegó hasta nosotros (parroquia, ciudad, comunidad). ¡Cómo no agradecer en este día del Espíritu Santo, esa acogida, a nuestros antepasados! Lo que, Cristo confío a aquellos primeros seguidores, nuestros padres lo adoptaron, lo vivieron y…nos lo dejaron como el mejor testamento para nuestra existencia: ¡Vivid según Dios y no os faltara su espíritu!
Hoy, no podemos quedarnos absortos en un Cristo crucificado; no podemos complacernos por haber cumplido –más o menos- con la Pascua. El Espíritu Santo baja, viene y se mete en el meollo de lo que somos y realizamos para que nuestra fe, lejos de debilitarse, se fortalezca y sea más auténtica.
2.- ¿Quién esa fuerza misteriosa- invisible pero sensible- que habla en el corazón? Es el Espíritu Santo quien, con soplo del cielo, nos estimula para no renunciar a lo que bebimos en la fuente del Bautismo: la gracia de ser Hijos de Dios.
--¿Quién es Ese que, como fuerza transformadora, muda un pedazo de pan en cuerpo de Cristo; una copa de vino en sangre de Jesús?
--¿Quién es Ese que, para asombro de todos nosotros, nos hace Hijos de Dios por el Bautismo; sacerdotes al desparramarse en nuestras cabezas y manos; limpios cuando necesitamos volver al buen camino; saludables cuando estamos enfermos; sólidos y convencidos en la confirmación; fieles en el amor, cuando dos personas, delante del altar, se dicen “te quiero”?
Es el Espíritu Santo que, en un acto de confianza por parte de Dios, viene para que no desfallezcamos y caminemos con la cabeza bien alta proclamando: ¡Somos cristianos, el Espíritu nos acompaña!
3.- Hoy, es Pentecostés. ¡Todos los días son Pentecostés! Cuando cantamos y celebramos la alegría de pertenecer al Pueblo de Dios. Cuando anunciamos sin temblor ni vergüenza que Dios sigue siendo el tejedor de nuestra vida. Cuando revisamos nuestros caminos y, de ellos, vamos vedando las piedras que nos impiden alcanzar los dones que, Dios, desde el cielo tantas veces nos consigna.
Hoy, es Pentecostés. ¡Todos los días son Pentecostés! Cuando trabajamos por la paz en nuestras propias casas; cuando damos y recibimos el perdón de los que nos rodean; cuando contribuimos –con palabra y obra- a una realidad más pacífica, serena y habitable.
Y hoy, PENTECOSTÉS, es el día de la Iglesia. Un momento en el que, lejos de sentir miedo, sabemos que hay una fuerza poderosa que nunca le faltará ni le fallará hasta la vuelta definitiva de Jesús.
Si, el Espíritu Santo acampa entre nosotros, ¡adelante! El futuro, aunque sea incierto, seguirá contando con hombres y mujeres que propongan, vivan y anuncien lo que Jesús nos dejó: ¡Id y anunciad!

Javier Leoz
www.betania.es
Fuente: de la página celebrando la vida, para mas informacion, ver la seccion "páginas relacionadas con la catequesis

jueves, junio 01, 2006

Actividades de la Junta Arquideocesana de catequesis para el mes de junio

Junio 2006



Sábado 3
Pastoral de Niños
Fiesta de la Iglesia para niños y Vigilias de Pentecostés
Domingo 4
Pentecostes

Sábado 10
Departamento de Catequesis de niños - Seminario Santa Teresita
Taller: Jugando crecemos en la Fe (Juegos y dinámicas)
· 9.30 a 12.30 hs Casa del Catequista
Domingo 11
Vicaría Devoto
Convivencia de los catequistas de la Vicaría

· de 9.30 a 18 en el Seminario Metropolitano, José Cubas 3543
· Tema: "La santidad en comunidad". Expositor Pbro. Gerardo Söding

Lunes 12
Departamento de Formación
Actualización para catequistas

· "Catequizar y rezar desde la belleza. Aporte de la catequesis simbólica de los íconos a la catequesis cotidiana"
· a cargo del Pbro. Eduardo Pérez del Lago
· 19.30 a 21 Casa del Catequista

Sábado 17
Corpus Christi

Sábado 17
Departamento de Círculos Bíblicos
Encuentros mensuales a cargo del Prof. Daniel Torino Los terceros sábados de mes de Mayo a Noviembre.
· De Egipto a la Tierra prometida
· De 10 a 13. Pquia Ntra. Sra. de Loreto (Av. Coronel Díaz y Juncal)

Jueves 22
Junta de Catequesis
Reunión de Junta Grande

· 19 Eucaristía
· 20 a 22 Reunión y cena
Sábado 24
Departamento de Catequesis de niños - Seminario Santa Teresita
Taller: Teatro y Títeres
· 9.30 a 12.30 hs Casa del Catequista

Sábado 24
Jornadas de Pastoral Social

Lunes 26
Encuentro abierto de oración comunitaria para catequistas

· 19 hs. Misa
· de 20 a 21.30 momento de oración

Para más información, ver la sección "páginas relacionadas a la catequesis"

El Espíritu Santo

¿QUIÉN ES EL ESPÍRITU SANTO?

Intentemos "denominarle"

Naturalmente que «sabemos» quien es el Espíritu Santo: es la tercera persona de la Trinidad, el Espíritu del Padre y del Hijo, «es Señor y vivifica», e igual en todo al Padre y al Hijo. Y estas afirmaciones clásicas, nunca cuestionadas por cristianos como nosotros, pueden parecer lo más natural, y que estuvieron claras y evidentes desde el primer momento: «Procede del Padre y del Hijo (téngase presente que el Oriente ortodoxo dice «sólo del Padre»); con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». Ahora bien, es inevitable hacerse algunas preguntas: ¿cómo se ha llegado a semejantes afirmaciones? (no son en absoluto originales).
Además, quiérase o no, se pregunta uno por qué razón el Espíritu es como menos conocido que.el Padre y que el Hijo. No cabe duda de que Jesús habló de él, pero mucho menos que de su Padre (sobre todo en San Juan, la desproporción es flagrante). Sucede todo como si el Espíritu fuera más misterioso, como si resultara más difícil identificarle, «aislarle» por sí mismo y «denominarle».
¿Cómo se ha llegado a las precisiones del Credo, de la teología y de los catecismos?
Por supuesto, el punto de partida obligado es el Nuevo Testamento, que es, también él, fruto madurado en Iglesia, de una vida y de una experiencia que, poco a poco, han ido cuajando en un lenguaje: digamos, por lo tanto, que si la identidad del Espíritu y su divinidad no se encontraran ya en el Nuevo Testamento, por lo menos en estado nativo (no elaborado), no tendríamos ninguna posibilidad de descubrirlas después. O lo que es igual, la reflexión de los concilios y de los teólogos no partió de cero, de una pura experiencia quiero decir. Aunque las afirmaciones del Nuevo Testamento son del orden de la vida, de la acción, de la exhortación pastoral (Pablo), de la misión y crecimiento de la Iglesia (Lucas) más que del estilo de «tratado teológico», sin embargo, tienen un valor de fundamento ineludible, de «semilla» que encierra en germen los ulteriores desarrollos. Las afirmaciones del Nuevo Testamento tienen también valor de «fuentes» a las que será preciso volver para beber en ellas (no nos olvidemos del «Espiritu-agua viva»), pues en definitiva la vida no se encuentra en las definiciones ni en los tratados Y no obstante, la inteligencia cristiana procura comprender, intenta aproximarse al misterio del Espíritu: poco a poco, de las afirmaciones del Nuevo Testamento en que se trata del Espíritu Santo (las que acabamos de presentar), va a ir deduciendo todas las consecuencias, retocándolas y siguiéndolas hasta llegar a su punto de convergencia, para desembocar en la única conclusión que les da validez a todas ellas: que el Espíritu Santo es Dios lo mismo que el Padre y el Hijo: Pero fijémonos en que los discípulos y los primeros cristianos, partiendo de un monoteismo estricto, aunque «rico», problemático, en trance de alumbramiento, como vimos en páginas anteriores, antes de llegar a reconocer plenamente la divinidad del Espíritu Santo fueron llevados a llamar a Jesús «Señor» y «Cristo», «Hijo único», «Hijo amado» y «Verbo de Dios».
Este progresivo «descubrimiento» de cada una de las personas de la Trinidad trae a la memoria el famoso texto de San Gregorio Nacianceno (+ 390): «El Antiguo Testamento predicaba manifiestamente al Padre, y menos claramente al Hijo; el Nuevo ha manifestado al Hijo e insinuado la divinidad del Espíritu. Ahora, el Espíritu habita en nosotros y se manifiesta con mayor claridad. Pues cuando aun no se confesaba la divinidad del Padre, era imprudente predicar abiertamente al Hijo; y con anterioridad al reconocimiento de la divinidad del Hijo era imprudente -¡estoy hablando con demasiada audacia!imponernos, para remate, el Espíritu Santo. Era mas conveniente ir avanzando, de claridad en claridad, hacia la luz de la Trinidad». Podemos quizás prescindir de la forma tajante y abrupta que este texto presenta, y matizarle en algunos extremos; pero quedémonos al menos con la idea que expresada con tanta fuerza: que el «descubrimiento» de la divinidad plena del Espíritu Santo (y antes, incluso, la de Jesús), forzosamente hubo de ser progresiva, y no por principios, a priori, sino simplemente por el carácter histórico de la revelación y por respeto a las libertades humanas afectadas y a su proceso. «Descubrimiento» del Espíritu Santo, decimos. Pero, ¿de qué texto del Nuevo Testamento se parte? Considero muy sorprendente la costumbre de San Pablo, en numerosos pasajes de sus epístolas, de nombrar juntos -puede decirse que sin ningún precedente- al Padre, o simplemente «Dios», o «el Padre de nuestro Señor Jesucristo»; al Hijo, o «el Señor», o «el Señor Jesucristo»; y al Espíritu Santo. Costumbre de nombrarlos en cualquier orden, pero asociados siempre en la obra de nuestra salvación o/en lo que constituye nuestra vocación cristiana. Dos o tres ejemplos nada más: «Un solo Cuerpo y un solo Espíritu (...). Un solo Señor, una sola fe (...), un Dios y Padre de todos...» (Ef 4,4-6). «Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos» (1 Cor 12,4-6). «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros» (2 Cor 13,13). (Cf. también Ga 4,6; 1 Cor 6,11;
Rm 1,1-4; Rm 8,11; Ef 2,21-22). A la vista está que no son textos teóricos, sino en cierto modo un atestado fundado en la experiencia: tal es la vida cristiana vivida bajo el signo conjunto del Padre, del Señor Jesús y del Espíritu de nuestro Dios. La teología ulterior, los concilios, no harán otra cosa que extraer las conclusiones de todo ello y vaciarlas en fórmulas más rigurosas. Pero siempre tendrá interés la vuelta a estas fuentes primitivas y a esa sencillez de las experiencias originales, cuando nos parezca que dichas fórmulas están secas como flores de herbario. Con todo, es necesario mencionar otro texto, sin duda aislado pero de gran fuerza para cimentar la afirmación de la divinidad del Espíritu Santo. Se trata de Mt 28,19: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Los términos de esta fórmula, se deban al Señor Resucitado o sean más tardíos como estiman algunos exegetas, testifican una fe muy antigua, la de la Iglesia de Mateo: hacia el año 70, puesto que con anterioridad se bautizaba «en el nombre del Señor Jesús».
Pues bien: en la mencionada fórmula de San Mateo, se nombra al Espíritu Santo en términos de perfecta igualdad con el Padre y el Hijo. No cabe desear una fórmula trinitaria ni más clara ni más breve, sobre todo estando unida como está al acto esencial que marca la conversión: el bautismo.
Para resumir, de todo este sólido substrato del Nuevo
Testamento arrancarán los primeros grandes teólogos, los Padres de la Iglesia, como Ireneo, Atanasio y Basilio: las reflexiones de estos dos últimos acerca de la divinidad del Espíritu Santo (hacia 360-370), están por otra parte en el origen de las últimas afirmaciones dogmáticas sobre el Espíritu Santo, del concilio de (Constantinopla (año 381). Y lo que nosotros creemos a este respecto, no ha experimentado variación desde entonces. Esto no excluye sin embargo nuestras preguntas, particularmente ésta.
¿Por qué se conoce tan mal al Espíritu Santo? ¿A qué se debe, en el fondo, que sea tan difícil conocer al Espíritu Santo? Tiene que haber unas razones «objetivas» para esta dificultad. Pienso que la razón principal es que el Espíritu da la impresión de carecer de «rostro», de no ser una persona a la que se ve «enfrente». En efecto, hay frente a frente (uno frente a otro) en el caso Padre/Hijo; pero no lo hay en Padre/Espiritu, o en Hijo/Espiritu. Nunca ora Jesús dirigiéndose al Espíritu como a un «tú»; más bien parece que su oración se produce «bajo la moción del Espíritu». Testimonio de esto es el texto ya dictado de Lc 10,21: «Se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo y dijo: Yo te bendigo, Padre...». Por lo que a nosotros se refiere, sucederá lo mismo: el Espíritu es el que, ante todo, ora en nosotros, es la fuente de nuestra verdadera oración; él es lo primero que pedimos al Padre y a Jesús para poder orar, más bien que aquel a quien directamente oramos (aunque se puede hacer). Digamos además con C. Moeller y luego con Urs von Balthasar, que el Espíritu es «el Revelante no revelado» Entiéndase por tal no el que habla para revelarse a sí mismo, sino el que «hace hablar» (habló por los profetas), el que hace escribir y escuchar y dar gracias. Y no por eso su papel es menos importante que el del Padre y el del Hijo; y no por eso se puede poner entre paréntesis al Espíritu sin que de ello se siga daño: siendo menos explícitamente conocido o reconocido, sin embargo la experiencia que de él se tiene es previa y fundamental; ya lo decíamos al principio: su acción íntima, discreta, nos permite reconocer, nombrar y orar al Padre, y nos da el confesar que Jesús es Señor.
También puede intentarse la aproximación por medio de imágenes o símbolos, para intentar mostrar que este «misterio del Espíritu» es como normal. El Espíritu es la luz en que vivimos inmersos, alcanzamos nuestro pleno desarrollo y descubrimos al Padre, un poco en el sentido del Salmo 36,10: «En tu luz vemos la luz». Es la mirada misma con que divisamos al Padre y al Hijo y vislumbramos el misterio de Dios. Urs von Balthasar dirá de él: «No quiere ser visto, sino ser en nosotros el ojo que ve». Un cántico reciente intenta otra imagen: «Espíritu, tu nos recorres como la sangre». En fin, el Espíritu es en lo profundo de nosotros el amor que nos certifica que Dios ama, que nos ama a nosotros. Este es el verdadero sentido del versículo que nos es tan conocido: «EI amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones» (Rm 5);
«el amor que Dios nos tiene y no el amor que nosotros tenemos a Dios», puntualiza la nota de la traducción ecuménica de la Biblia. El Espíritu Santo es también el amor que hace que nosotros amemos. Resumiendo, en el fondo todas estas imágenes vienen a decir lo mismo: no se conoce al Espíritu, tan sólo se le adivina «de rebote», indirectamente, por lo que hace decir, orar y obrar a aquellos en quienes «habita». Y si es tan indispensable y a la vez tan misterioso, se debe a que representa lo más secreto del misterio de Dios: «El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios (. ) Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1 Cor 2, 10-11). ¡Extraordinario texto! Tal es la dificultad con que tropezamos cuando tratamos de conocer al Espíritu Santo. Pero esta dificultad no debe detenernos, sino más bien estimularnos para avanzar más en este conocimiento, con respeto y audacia, hasta llegar a «denominar» al Espíritu Santo y trazar el perfil de su identidad propia. El Nuevo Testamento nos permite decir: el Espíritu Santo es el Espíritu del Padre y del Hijo. Pero pienso que para denominarle de manera justa y plena, bastaría que le llamáramos «el Espíritu del Hijo», «el Espíritu de Jesús» ¿Por qué? Sencillamente porque tenemos la encarnación, y porque Jesús es la manifestación (la revelación) última y suprema de la gloria, la sabiduría y el amor del Padre:
«Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). «El Hijo es reflejo de su gloria (del Padre), impronta de su ser» (Hb 1,3). Cuando la epístola de los Efesios habla del misterio, tiene presente «el misterio de Cristo», y «el misterio de Cristo ha sido revelado ahora por el Espíritu» (Ef 3,4-6). Por esta razón, mostrar cómo el Espíritu Santo es el Espíritu de Jesús constituye la manera correcta de denominarle. Sin el Espíritu, en actividad en el secreto de los corazones, no sabríamos en realidad quién es Jesús. Pero recíprocamente, sólo por Jesús salió del incógnito el Espíritu si es licito expresarse así; y por medio de las obras realizadas por él en Jesús y en sus discípulos pudo manifestar quién era.
El Espíritu de Jesús:
un Espíritu «por encima de toda sospecha»
Hagamos un alto prolongado en la denominación «el Espíritu de Jesús»: es muy ilustrativo para nuestra vida cristiana. Lo mismo que dijo Jesús «Quien me ha visto a mi, ha visto al Padre», podía decir también: Quien me ve actuar a mi, ve actuar al Espíritu Santo; pues todo lo que yo hago lo inspira él de acuerdo con la voluntad de Padre. Así, pues, la vida y la forma de actuar de Jesús de Nazaret, el Hijo amado, enviado en misión por el Padre, enviado a los pobres para anunciarles una buena nueva y para dar a esta buena nueva un lugar, un cuerpo social visible (el Reino), esa vida y esa forma de actuar, serán la referencia obligada para entender tanto el misterio del Espíritu como, por otra parte, el misterio del Padre y finalmente el misterio de Dios en nuestras vidas y en la historia.
Al Espíritu sólo se le. puede denominar, con verdad y de forma que esté «por encima de toda sospecha», diciendo que es el Espíritu de Jesús de Nazaret. En efecto, creer que se es del Espíritu, sin tener por base de la propia forma de actuar la forma de actuar de Jesús de Nazaret, es exponerse a todo tipo de ilusiones. «Si no queremos agotarnos persiguiendo sueños inconscientes, se impone que demos un rodeo pasando por Jesús». Este «rodeo» -dado que lo sea, pues más bien es un recurso obligado- afianza fuertemente nuestras raíces y nuestra memoria cristiana contra todas las fantasías que pretendan construir un modelo idílico. Basta pensar en l as elucubraciones de quienes, tras una era de Dios-Padre y luego otra del Hijo, anunciaban la época del Espíritu Santo exclusivamente. Fue la teoría de las «tres edades», lanzada por el monje calabrés Joachim de Fiore, unos años anterior a Francisco de Asís, con todas las falsas esperanzas que esta teoría hizo concebir. Yves Congar, en el primer volumen de su obra Je crois en l’Esprit Saint, trata de demostrar, al hilo de la historia, los nefastos resultados de aquel movimiento pseudoespiritual (c. VII, p. 175 s.). El paso obligado por Jesús de Nazaret representa, por el contrario, el principio de realidad (y no de evasión) que exige que el Espíritu sea «valorado» sobre el patrón de las palabras y de la vida de Jesús.
«El Espíritu Santo -nos hace saber Jesús en San Juan- nos recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,26). «El Espíritu rememora la objetividad histórica de Jesús. Si nos conforma con el Hijo no es según un orden imaginario, sino según la realidad (...). Jesús es la roca que sirve de cimiento a toda interpretación» (Duguoc). «No basta con ir pregonando: El Espíritu, el Espíritu, para experimentar el Espíritu. El acceso al Espíritu es una aventura espiritual larga, poco locuaz, muchas veces inesperada. Se entra en la vía del Espíritu no tomando un camino paralelo al de Jesús, sino entendiendo mejor el vinculo entre Jesús y el Espíritu» (Henri Bourgeois). Un teólogo protestante ha dado, creo yo, con la fórmula exacta y contundente: «El Espíritu Santo es cristológico. No tiene intención de hablar sino de uno sólo: de Jesucristo Desde el momento en que al Espíritu Santo se le separa de Cristo y de su propio cometido de testigo, se esconde y sólo se tiene de él un residuo, si no un falso Espíritu Santo. El error en que con más frecuencia se ha incurrido, acerca de él es haber olvidado su gravitación cristológica». (A. Maillot).
El Espíritu Santo, nuestra memoria cristiana, fiel y viviente ES/MEMORIA-FIEL-J: Esta formulación es una nueva manera, más concreta, de subrayar la misma afirmación que acabamos de hacer. El Espíritu, que nos recuerda cuanto dijo Jesús, es nuestra memoria fiel. Fiel porque no añade nada substancialmente nuevo al mensaje legado por Jesús: Jesús es «la palabra definitiva de Dios», una palabra insuperable. Escuchemos una vez más a Juan:
«El Espíritu dará testimonio de mí» (15,26). «Recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros» (16,14). «No hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga» (16,13). Memoria fiel porque lo dice todo, para asegurar sin menoscabo alguno la plena progresión del don de Dios en Jesucristo. Tal es el sentido del siguiente versículo tan trinitario: «Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho (habla Jesús): Recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros» (16,15).
Pero entonces, ¿el Espíritu Santo es un simple «repetidor», un mero «eco»? No, porque es una memoria viviente. El Espíritu restituye incesantemente a la palabra de Jesús toda su novedad y su fuerza contundente. Crea en nosotros un «corazón nuevo», para que la acojamos, la meditemos y la interioricemos. Nos ayuda a descubrir sus inagotables riquezas, hasta entonces inadvertidas para nosotros. Este es sin duda el sentido del texto-faro: «Mucho podría deciros aún, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa» (/Jn/16/12-13). Pues bien, ¿cuáles son esas cosas que los discípulos no pueden soportar aún, algo así como los ojos no pueden aguantar una luz demasiado viva? ¿Cuál es esa «verdad completa» que todavía están por descubrir? Sin duda, llegar a comprender la muerte y resurrección de Jesús (¡buen paso el que hay que dar!): el porqué de esa vida y esa muerte, así como su significado dentro del plan de Dios: «¿No era necesario que el Cristo padeciera eso...?» (Lc 24,27); la verdad definitiva acerca del misterio de su persona tan sólo vislumbrado bajo la forma de una pregunta («¿Quién es este hombre?»), pero puesto a plena claridad después de Pentecostés.
Una memoria viviente quiere decir, en el sentido amplio del término, la memoria de «el que vive» (Ap 1,18). Por lo demás, en esta misma linea se debe entender el «Haced esto en memoria mía». Sólo el Espíritu puede hacer que el memorial no sea un rito vacío, un puro recuerdo; de ahí la revalorización de las «epiclesis» o invocaciones al Espíritu, en las nuevas plegarias eucarísticas. Más adelante volveremos a hablar de este tema: «la letra de los ritos sacramentales y el Espíritu». Pero, ¿cómo no citar, ya desde ahora, este admirable texto de Mons. Hazim? «Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos, Cristo se queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una mera organización, la autoridad una dominación, la misión una propaganda, el culto una mera evocación, el comportamiento cristiano una moral de esclavo. Pero en El, el cosmos es elevado y gime en el alumbramiento del Reino, Cristo Resucitado se hace presente, el Evangelio es capacidad de vida, la Iglesia significa la comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador, la misión un Pentecostés, la liturgia memorial y anticipación, el comportamiento humano queda deificado». (Declaración en la asamblea del Consejo ecuménico de las Iglesias, en Upsala, el 4 de julio de 1968).
Memoria viviente significa la conciliación entre un sólido arraigo y un impulso colmado de esperanza: esperanza con un lastre de realismo, de lo contrario es mero prurito de cambio, huida hacia el futuro al que se adorna ilusoriamente con todos los méritos, mientras se devalúa y niega el pasado (y aquí se trata de nuestro pasado cristiano). Pero «buscar al Espíritu Santo en la dirección de nuestras raíces», no implica de ningún modo una actitud «retro» que se complace en los recuerdos. Conclusión (parcial y provisional): dentro del régimen cristiano, nunca se puede afirmar, de manera directa y exclusiva, que se es del Espíritu, si no se pasa por Jesús de Nazaret, imagen histórica del Dios invisible, mediante su vida terrena, correctamente y honradamente leída, con la densidad de su humanidad y con sus misteriosas profundidades: esta es la norma definitiva a la que el Espíritu nos remitirá siempre. El Espíritu del Resucitado, que da la capacidad de llamar a Jesús Señor y Cristo, nunca hace «olvidar» su vida terrena: «Al glorificarle Dios (el Padre), no entregó al olvido, como si dijéramos, su vida terrena para eternizar otra cosa distinta de ella, sino que aceptó (en el sentido de salir fiador) esa vida y ese origen».
A esto puede añadirse también que de tal modo es el Espíritu el «Espíritu de Jesús», que a partir de la Pascua no tiene otra cosa que hacer sino edificar el Cuerpo de Cristo: «El Espíritu es quien nos hace miembros del Cuerpo de Cristo (cf. 1 Cor 12,13; Rm 8,12 s.); pero ese cuerpo no es el del Espíritu Santo, es el de Cristo» (Congar, op cit., II, p. 268). En este Cuerpo es donde se realiza nuestra adopción filial (Ef 1).
El ser y la misión de Jesús, conocidos gracias al Espíritu Llamar al Espíritu Santo «Espíritu de Jesús» es afirmar también, de modo más preciso, que por él «descubre» Jesús su ser y su propia misión. Sí, se trata verdaderamente de un descubrimiento que hace el mismo Jesús, cosa que puede extrañar. Por eso me permito colocar aquí, ya de entrada y como justificación de esta postura, la extensa cita de Congar que ofrezco a continuación. (El autor está comentando la escena del Bautismo y el «Tú eres mi Hijo amado», de /Mc/01/11). J/CONCIENCIA-DE-SI «El mismo Jesús adquiere entonces conciencia plena de que él es ‘Aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo’ (Jn 10,36). Abordamos aquí un punto delicado, y difícil de poner en claro y de expresar: el del crecimiento, en la conciencia humana de Jesús, de la conciencia que tuvo de su condición y su misión. El acontecimiento de su bautismo, su encuentro con Juan Bautista, la venida del Espíritu sobre él y la Palabra que la acompañaba representan en realidad un momento decisivo en la explicación de la conciencia que él tuvo, en su alma humana, de su condición de elegido, enviado, Hijo de Dios y Servidor-cordero de Dios. Hoy día cobra fuerza una aquiescencia (teológica) en este sentido (...). Es un hecho atestiguado por las Escrituras que Jesús creció en sabiduría y gracia ante Dios (/Lc/02/52), ignoró ciertas cosas e incluso quizás se equivocó, y experimentó la dificultad de una obediencia perfecta a su Padre. Desde la infancia a la cruz, vivió su misión sometido al régimen de la obediencia, es decir, de no poder disponer de sí, y de ignorar el resultado de lo que vivía ¿Hasta dónde y cómo fue consciente, en el plano de su experiencia de hombre, de su misma condición ontológica de Hijo de Dios? La representación y la expresión de esa condición fueron haciéndose explicitas según las experiencias, las coyunturas y sus propias acciones. Fue comprendiendo su misión a medida que iba ejerciéndola: por una parte, descubriéndola delineada en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos; y por otra parte, al recibir del Padre las realizaciones milagrosas y las palabras proféticas, y vivir en obediencia la voluntad del Padre sobre él: "En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo y dijo: Yo te bendigo, Padre..."». (Op. cit., I, pp. 37-39).
Expliquemos este texto preliminar, colocado aquí en atención a la claridad, y al que me adhiero plenamente:
a) El ser de Jesús. Jesús alcanza, en lo humano, clara conciencia de su ser de Hijo por excelencia, por medio del Espíritu Santo. Y esto se señala claramente en los evangelios cuando describen esos momentos privilegiados, esa especie de claros y rompientes de luz en su vida terrena, como son el Bautismo y la Transfiguración: «los cielos que se abren» (Bautismo); «una nube luminosa» (Transfiguración). Fijémenos bien en el «Tú eres mi Hijo amado», de Mc 1,11 (Mateo 3,17 habla en tercera persona: «Este es...»): es el «Tú» personalizado del diálogo y de la oración, oración que Lucas señala expresamente en el Bautismo (3,21) lo mismo que en la Transfiguración (9,29). Pero a estos dos primeros episodios hay que añadir otro que muestra claramente esa condición de Hijo, esa relación y esa intimidad absolutamente únicas. Al «Tú eres mi Hijo amado», pronunciado por el Padre, responde el «Yo te bendigo, Padre», dicho por Jesús. Y el diálogo se produce bajo la acción del Espíritu Santo. (Lc 10,21-22).
Por el Espíritu comprende humanamente Jesús su propia misión
b) Desde el Bautismo, el «Tú eres mi Hijo amado» va seguido de «En ti me complazco» (Mc 1,11). Y se trata indudablemente «no de una arbitraria veleidad, sino de una elección con miras a una misión», advierte la traducción ecuménica de la Biblia. Por otra parte, al apelativo «Hijo amado», de la Transfiguración, los tres Sinópticos añaden esta invitación: «Escuchadle» El más explícito es Lucas: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle» (Lc 9,35). Decir esto es, evidentemente, señalar a Jesús como el profeta semejante a Moisés, al que todo el mundo debe escuchar (cf. Hech 3,22). Está claro que no se nombra expresamente al Espíritu Santo, pero la afinidad con la escena del Bautismo es tan evidente, que se le puede descubrir en acción al ver al Padre hacerse fiador del «profeta» Jesús.
Por otra parte, para convencerse de esto basta con volver a los acontecimientos que siguieron al Bautismo. Cuando, en las tentaciones en el desierto, se trata de someter a Jesús en su rechazo de una misión falseada con aspectos espectaculares, pero absolutamente inútiles en orden a la verdadera salvación de los hombres, los tres Sinópticos nombran al Espíritu Santo. Y entonces Lucas enlaza enseguida con lo que puede denominarse la consagración mesiánica y profética de Jesús. Lucas 4,14-18 está plagado de la presencia del Espíritu. Consagración misionera que San Pedro recalca de manera inequívoca en casa de Cornelio: «Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Jesús predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo» (Hech 10,37-38) La misma consagración consta en Mateo, pero desplazada en cuanto al tiempo (Mt 12,15-21 y no al comienzo de la misión), menos solemne y más neutra que en Lc 4, con una referencia a otro texto de Isaias, 42,1-4: «He aquí mi siervo a quien sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre él...», texto que hace hincapié en los recursos modestos («no apagará la mecha humeante»), y en la universalidad de la misión («en su nombre pondrán las naciones su esperanza»).
Volvamos al capítulo 4 de Lucas, para precisar quiénes son los beneficiarios de esta misión a la que Jesús es conducido por el Espíritu: los beneficiarios son los pobres. Y no para ser objeto de una salvación abstracta, sino para su liberación (Lucas 4,18 está bastante claro). Lo cual significa que, si no se tiene derecho a reducir esa salvación a una mera liberación social o política (para hablar en lenguaje actual), tampoco hay derecho alguno a atenuar el vigor realista de esa salvación. Por otra parte, dicha salvación-liberación empieza con unas acciones realizadas con carácter de continuidad: expulsa un demonio impuro (Lc 4,31 s.); a continuación del episodio que acabamos de mencionar, Mateo muestra paralelamente unos «demonios expulsados por el Espíritu de Dios» (Mt 12,28): así, pues, los liberados y reintegrados son posesos, enfermos, gente rechazada.
Finalmente, reparemos en que esa «buena nueva anunciada a los pobres» no está reservada exclusivamente a Israel, pues ese «año de gracia del Señor» (Lc 4,19) y esa salvación graciosa -gratuita- es para todos. La ira de los habitantes de Nazaret cuando Jesús les habla de los que fueron curados en Sidón y Siria (la viuda de Sarepta, Naamán; Lc 4,25-30), demuestra que habían entendido bien la «abolición de los privilegios». Tanto, que el episodio del centurión Cornelio que ya hemos mencionado y el furor de los circuncisos, a los que tanto trabajo le cuesta a Pedro apaciguar (Hech 10 y 11), están en linea con Lucas 4,25-30: la salvación-liberación ya no es «¡sólo para nosotros!». Paralelamente son incorporados a ella todos los demás.
El Espíritu es el que, también a nosotros, nos confiere nuestra identidad de hijos y nuestra misión Con nosotros sucede otro tanto que con Jesús. Nuestra identidad de hijos y nuestra misión nos las confiere el Espíritu de Jesús, y ambas de forma inseparable. Así pues, la intimidad de nuestra relación con el Padre y el sentido de la oración y de la acción de gracias -así como el compromiso fraterno- son los componentes necesarios de toda experiencia cristiana autentica. Además, viendo a Jesús animado por el Espíritu, hay que añadir que pretender hablar del Espíritu sin contenido, en cierto modo, sin experiencia de vida (al menos inicial) y sin voluntad de misión constituye una falta de honestidad.
Para cerrar esta segunda parte, diría con gusto que si es en verdad Jesús el que se ha posesionado de nosotros, él será en nosotros:
· fuerza de profecía, es decir, de contestación, de clamor y de desestabilización de los sistemas abusivamente establecidos en la injusticia y en la exclusión de los más débiles;
· fuerza de propuesta orientada a establecer, aunque sólo sea en proporciones modestas y limitadas, un orden social nuevo (el Reino);
· fuerza de testimonio y de entrega de sí;
· espíritu de libertad que haga crujir las fronteras que limitan y rechace toda ideología y todo espíritu de sistema
En resumen, en el cristiano habrán de encontrarse siempre juntos, en virtud del Espíritu: el evangelio de Jesús llevado a la practica, la oración, la acción de gracias y la misión o el amor que se entrega. «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» (Mt 10,8).
ANDRE FERMET
EL ESPÍRITU SANTO ES NUESTRA VIDA
Sal Terrae. Col. ALCANCE 35
Santander-1985 Págs. 67-87
Biblioteca Catolica Digital www.mercaba.org
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"La Paz De Cristo en el Reino de Cristo"

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Jose Luis Aboytes

El adolcente y su mundo ultima parte

Estimados Hermanos:

Con este envio se termina "El adolescente y su mundo" si no tienen todos los capitulos en el siguiente link encontraran la informacion.

http://es.catholic.net/biblioteca/libro.phtml?consecutivo=423

Agradecemos a Catholic net por tan invaluable informacion que nos ayuda a conocer y como tratar a neustro queridos adolescentes.

El Adolescente y su Mundo
Autor: Catholic.net

Capítulo 16: I. Carácter Apático (noEmotivo-noActivo-Secundario)


1. Descripción de los rasgos más característicos.

El carácter apático goza de una objetividad e indiferencia poco comunes, es una persona de principios fijos y fríos; avaro, conservador. Sus valores principales son la disciplina, la fidelidad y la rica imaginación. Casi siempre es sincero, honrado y digno de confianza.

El apático suele caracterizarse por una pasividad habitual en un total sometimiento al pasado y a los hábitos que va adquiriendo. Su vida está apagada, carece de fuerza interior, entusiasmo y alegría. Es el tipo rutinario, conservador y esclavo de las tradiciones y costumbres. Es el más terco de todos los caracteres.

El apático es meditativo y lento; se separa de cuanto lo rodea para insistir en su pesimismo y carencia. Es un carácter pobre y está sometido a las necesidades orgánicas y al automatismo. La pereza es algo constitucional en el apático, es retraído y solitario, no se interesa por nada. No siente necesidad de trabajar. No tiene iniciativas.

En cuanto a la vida social tienen pocas cualidades, pues siente un atractivo especial por la soledad y el aislamiento. Le gusta la tranquilidad, la vida monótona. Es cerrado, independiente, insensible y egoísta. Su lema es: "Pensar en sí mismo y quejarse".

Carece del estímulo de la emotividad y de la ayuda de la actividad. Por está razón permanece casi en estado potencial, sin movilizar, prácticamente sin tensión. Es una inteligencia muy mal dotada para extraer lo esencial, para la abstracción y para el establecimiento de relaciones lógicas. El pensamiento es incoherente y pobre de ideas.

2. Comportamiento religioso.

Tiene muy poca vivencia espiritual. Es indiferente en cuanto a religión. Tiene poco gusto por las prácticas de piedad. El apático sigue fácilmente a los demás en la oración y también es capaz de seguir con fidelidad un método de oración. Pero no tiene fervor interior, ni iniciativas, sobre todo para rezar personalmente.
Carece de energía espiritual por indolencia. Su inactividad y la no emotividad lo debilitan para alcanzar ideales de orden superior. Lleva por dentro un gran vacío interior.

Comprende que la dirección espiritual es muy útil para conocerse y ser mejor, pero no ve su conveniencia ni concibe su necesidad, por estar aferrado a sus ideas. Esto es una dificultad para cambiar su manera habitual de vivir.

3. Pedagogía pastoral.

También este carácter ha dado santos a la Iglesia, como san José de Cupertino.

a. Actitud del formador.

El formador puede tener mucha influencia en su formación, pues el apático necesita mucha simpatía, afecto y aliento. Muchas veces ha sido la falta de aliento y afecto durante su vida pasada lo que le ha causado una reacción de sombría tristeza. Una cara alegre, un corazón expansivo por parte del formador es la mejor manera de ganárselo. Esto le inducirá a la confianza y a la simpatía.

Con el apático hay que combinar la motivación con la exigencia. Estimularle en su trabajo, interesarse por lo que hace y proponerle metas de dificultad progresiva. Por otra parte, hay que fomentar hábitos de trabajo y actitudes de apertura y colaboración con sus compañeros de equipo.
Sus dos grandes defectos son la insensibilidad y su inactividad. Conviene poner remedio a base de un trabajo serio y con mucha paciencia y constancia; pero además, con mucho afecto y firmeza.

b. La vida espiritual.

Después de haberle mostrado con mucha delicadeza el lado débil de su carácter, hacerle comprender -sin desanimarle- que también él puede corregirse y progresar mucho en la vida espiritual. Hacerle comprender que la secundariedad para él constituye una verdadera fuerza espiritual, esto le animará y le infundirá confianza.
Por tanto, conviene que realice frecuentes actos de virtud: buscar la manera de transformar su instintiva inhibición en actos de voluntad. Que adquiera hábitos buenos en los distintos campos de las virtudes; que se acostumbre a vivirlas profundamente y no sólo a ejercitarlas rutinariamente.

Hay que proponerle la vida espiritual como un llamado amoroso de Dios a participar en la vida divina que es misericordia y amor. Hacerle comprender que la esencia de la religión se resume en el amor a Dios y al prójimo. Tampoco exponerle grandes metas o elevados ideales a alcanzar, sino irlo llevando poco a poco.

Motivar la confianza en la misericordia de Cristo y que él también puede llegar a santificarse mediante la oración. Hay que aprovechar su preferencia por lo que es habitual, para darle a conocer, antes que nada, un buen método de oración y una organización vital, no formalista, de la piedad: que ponga en ella toda la vida de su alma, y no la reduzca a una simple recitación vocal de algunas oraciones. Acostumbrarle a oraciones en las que pida por los demás o se ofrezca a sí mismo a Dios. Presentarle a Dios, bajo el aspecto de la bondad, como misericordia y verdadero refugio de los miserables y de los pecadores; a Jesucristo como Mediador, Salvador de los pecadores y consolador de los afligidos y de los necesitados.

No conviene exponerle la vida sobrenatural como un simple catálogo de reglas y prohibiciones, que cada vez le dejarían más indiferente, sino como un llamamiento amoroso de Dios a participar en la vida divina. Es conveniente, pues, hacerle comprender que toda la esencia de nuestra religión se resume en el amor de Dios y del prójimo. A través de una práctica dosificada de amor a Dios y al prójimo, se desarrollará necesariamente en él una cierta emotividad que contribuirá a crearle una tendencia a la actividad.

Hay que ejercitarle en obras que desarrollen el sentido de la obediencia por amor, y la aceptación de una responsabilidad que le comprometa sobrenaturalmente. Animarle mucho con el fin de demostrarle que también él, no obstante su gran debilidad, puede conseguir santificarse; que debe tener mucha confianza en la bondad y misericordia de Cristo.

c. El apostolado.

Se le facilita por su sentido del deber, su sentido de disciplina y su honradez y lealtad; sin embargo la indolencia es el gran obstáculo para el apostolado. No ve en él ninguna satisfacción. Ni comprende su necesidad. Carece de iniciativas. Tampoco tiene vitalidad ni fortaleza para hacer frente a las dificultades de toda obra de apostolado.

Hay que motivarle con el fin de suscitar un principio de inquietud por hacer algo. Así irá disminuyendo en él la dureza innata y la manera mecánica de comportarse. Conviene animarlo mucho y darle muestras de confianza, así irá saliendo de su inactividad y de su no-emotividad. Hacerle experimentar la satisfacción del esfuerzo y del éxito logrado para motivar el apostolado realizado por iniciativa personal, no por automatismo o por hábito, sino como fruto de su deliberación.

Hacerle trabajar en equipo con otro de carácter equilibrado, que llegue a ser como el "Ángel de la Guarda", para que se le abran la mente y el corazón a la emotividad y al trabajo. Sacar provecho de su inclinación a hacer las cosas por costumbre y de su tendencia a la terquedad, encauzándolas en una actividad fundada en el sentimiento y en la dócil colaboración.
El formador debe despertar el gusto y la satisfacción que proporciona la entrega a un ideal elevado. Hay que desarrollar las virtudes altruistas. Inducirle a considerar las necesidades del prójimo, e interesarle por los demás.

El secreto del éxito del apático estriba especialmente en la formación de la vida espiritual puesto que en su interior no existe nada que le empuje a la acción, habrá que estimularle por medio de los elementos exteriores. Según su capacidad, poco a poco hay que irle insinuando maneras con las cuales puede poner en juego su emotividad y actividad en el plano natural y sobrenatural. Cuando el apático haya despertado de ese letargo en que naturalmente vive y se dé perfecta cuenta de que solamente los que trabajan se hacen merecedores de una recompensa, como los obreros a la hora undécima y que recibieron luego la misma paga y la misma alabanza que los que habían trabajado todo el día; a pesar de sus modestas dotes naturales, si las emplea como debe, con la ayuda de la gracia, recibirá de Dios la recompensa y la gloria que durarán eternamente.


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Jose Luis Aboytes