jueves, junio 01, 2006

El Espíritu Santo

¿QUIÉN ES EL ESPÍRITU SANTO?

Intentemos "denominarle"

Naturalmente que «sabemos» quien es el Espíritu Santo: es la tercera persona de la Trinidad, el Espíritu del Padre y del Hijo, «es Señor y vivifica», e igual en todo al Padre y al Hijo. Y estas afirmaciones clásicas, nunca cuestionadas por cristianos como nosotros, pueden parecer lo más natural, y que estuvieron claras y evidentes desde el primer momento: «Procede del Padre y del Hijo (téngase presente que el Oriente ortodoxo dice «sólo del Padre»); con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». Ahora bien, es inevitable hacerse algunas preguntas: ¿cómo se ha llegado a semejantes afirmaciones? (no son en absoluto originales).
Además, quiérase o no, se pregunta uno por qué razón el Espíritu es como menos conocido que.el Padre y que el Hijo. No cabe duda de que Jesús habló de él, pero mucho menos que de su Padre (sobre todo en San Juan, la desproporción es flagrante). Sucede todo como si el Espíritu fuera más misterioso, como si resultara más difícil identificarle, «aislarle» por sí mismo y «denominarle».
¿Cómo se ha llegado a las precisiones del Credo, de la teología y de los catecismos?
Por supuesto, el punto de partida obligado es el Nuevo Testamento, que es, también él, fruto madurado en Iglesia, de una vida y de una experiencia que, poco a poco, han ido cuajando en un lenguaje: digamos, por lo tanto, que si la identidad del Espíritu y su divinidad no se encontraran ya en el Nuevo Testamento, por lo menos en estado nativo (no elaborado), no tendríamos ninguna posibilidad de descubrirlas después. O lo que es igual, la reflexión de los concilios y de los teólogos no partió de cero, de una pura experiencia quiero decir. Aunque las afirmaciones del Nuevo Testamento son del orden de la vida, de la acción, de la exhortación pastoral (Pablo), de la misión y crecimiento de la Iglesia (Lucas) más que del estilo de «tratado teológico», sin embargo, tienen un valor de fundamento ineludible, de «semilla» que encierra en germen los ulteriores desarrollos. Las afirmaciones del Nuevo Testamento tienen también valor de «fuentes» a las que será preciso volver para beber en ellas (no nos olvidemos del «Espiritu-agua viva»), pues en definitiva la vida no se encuentra en las definiciones ni en los tratados Y no obstante, la inteligencia cristiana procura comprender, intenta aproximarse al misterio del Espíritu: poco a poco, de las afirmaciones del Nuevo Testamento en que se trata del Espíritu Santo (las que acabamos de presentar), va a ir deduciendo todas las consecuencias, retocándolas y siguiéndolas hasta llegar a su punto de convergencia, para desembocar en la única conclusión que les da validez a todas ellas: que el Espíritu Santo es Dios lo mismo que el Padre y el Hijo: Pero fijémonos en que los discípulos y los primeros cristianos, partiendo de un monoteismo estricto, aunque «rico», problemático, en trance de alumbramiento, como vimos en páginas anteriores, antes de llegar a reconocer plenamente la divinidad del Espíritu Santo fueron llevados a llamar a Jesús «Señor» y «Cristo», «Hijo único», «Hijo amado» y «Verbo de Dios».
Este progresivo «descubrimiento» de cada una de las personas de la Trinidad trae a la memoria el famoso texto de San Gregorio Nacianceno (+ 390): «El Antiguo Testamento predicaba manifiestamente al Padre, y menos claramente al Hijo; el Nuevo ha manifestado al Hijo e insinuado la divinidad del Espíritu. Ahora, el Espíritu habita en nosotros y se manifiesta con mayor claridad. Pues cuando aun no se confesaba la divinidad del Padre, era imprudente predicar abiertamente al Hijo; y con anterioridad al reconocimiento de la divinidad del Hijo era imprudente -¡estoy hablando con demasiada audacia!imponernos, para remate, el Espíritu Santo. Era mas conveniente ir avanzando, de claridad en claridad, hacia la luz de la Trinidad». Podemos quizás prescindir de la forma tajante y abrupta que este texto presenta, y matizarle en algunos extremos; pero quedémonos al menos con la idea que expresada con tanta fuerza: que el «descubrimiento» de la divinidad plena del Espíritu Santo (y antes, incluso, la de Jesús), forzosamente hubo de ser progresiva, y no por principios, a priori, sino simplemente por el carácter histórico de la revelación y por respeto a las libertades humanas afectadas y a su proceso. «Descubrimiento» del Espíritu Santo, decimos. Pero, ¿de qué texto del Nuevo Testamento se parte? Considero muy sorprendente la costumbre de San Pablo, en numerosos pasajes de sus epístolas, de nombrar juntos -puede decirse que sin ningún precedente- al Padre, o simplemente «Dios», o «el Padre de nuestro Señor Jesucristo»; al Hijo, o «el Señor», o «el Señor Jesucristo»; y al Espíritu Santo. Costumbre de nombrarlos en cualquier orden, pero asociados siempre en la obra de nuestra salvación o/en lo que constituye nuestra vocación cristiana. Dos o tres ejemplos nada más: «Un solo Cuerpo y un solo Espíritu (...). Un solo Señor, una sola fe (...), un Dios y Padre de todos...» (Ef 4,4-6). «Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos» (1 Cor 12,4-6). «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros» (2 Cor 13,13). (Cf. también Ga 4,6; 1 Cor 6,11;
Rm 1,1-4; Rm 8,11; Ef 2,21-22). A la vista está que no son textos teóricos, sino en cierto modo un atestado fundado en la experiencia: tal es la vida cristiana vivida bajo el signo conjunto del Padre, del Señor Jesús y del Espíritu de nuestro Dios. La teología ulterior, los concilios, no harán otra cosa que extraer las conclusiones de todo ello y vaciarlas en fórmulas más rigurosas. Pero siempre tendrá interés la vuelta a estas fuentes primitivas y a esa sencillez de las experiencias originales, cuando nos parezca que dichas fórmulas están secas como flores de herbario. Con todo, es necesario mencionar otro texto, sin duda aislado pero de gran fuerza para cimentar la afirmación de la divinidad del Espíritu Santo. Se trata de Mt 28,19: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Los términos de esta fórmula, se deban al Señor Resucitado o sean más tardíos como estiman algunos exegetas, testifican una fe muy antigua, la de la Iglesia de Mateo: hacia el año 70, puesto que con anterioridad se bautizaba «en el nombre del Señor Jesús».
Pues bien: en la mencionada fórmula de San Mateo, se nombra al Espíritu Santo en términos de perfecta igualdad con el Padre y el Hijo. No cabe desear una fórmula trinitaria ni más clara ni más breve, sobre todo estando unida como está al acto esencial que marca la conversión: el bautismo.
Para resumir, de todo este sólido substrato del Nuevo
Testamento arrancarán los primeros grandes teólogos, los Padres de la Iglesia, como Ireneo, Atanasio y Basilio: las reflexiones de estos dos últimos acerca de la divinidad del Espíritu Santo (hacia 360-370), están por otra parte en el origen de las últimas afirmaciones dogmáticas sobre el Espíritu Santo, del concilio de (Constantinopla (año 381). Y lo que nosotros creemos a este respecto, no ha experimentado variación desde entonces. Esto no excluye sin embargo nuestras preguntas, particularmente ésta.
¿Por qué se conoce tan mal al Espíritu Santo? ¿A qué se debe, en el fondo, que sea tan difícil conocer al Espíritu Santo? Tiene que haber unas razones «objetivas» para esta dificultad. Pienso que la razón principal es que el Espíritu da la impresión de carecer de «rostro», de no ser una persona a la que se ve «enfrente». En efecto, hay frente a frente (uno frente a otro) en el caso Padre/Hijo; pero no lo hay en Padre/Espiritu, o en Hijo/Espiritu. Nunca ora Jesús dirigiéndose al Espíritu como a un «tú»; más bien parece que su oración se produce «bajo la moción del Espíritu». Testimonio de esto es el texto ya dictado de Lc 10,21: «Se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo y dijo: Yo te bendigo, Padre...». Por lo que a nosotros se refiere, sucederá lo mismo: el Espíritu es el que, ante todo, ora en nosotros, es la fuente de nuestra verdadera oración; él es lo primero que pedimos al Padre y a Jesús para poder orar, más bien que aquel a quien directamente oramos (aunque se puede hacer). Digamos además con C. Moeller y luego con Urs von Balthasar, que el Espíritu es «el Revelante no revelado» Entiéndase por tal no el que habla para revelarse a sí mismo, sino el que «hace hablar» (habló por los profetas), el que hace escribir y escuchar y dar gracias. Y no por eso su papel es menos importante que el del Padre y el del Hijo; y no por eso se puede poner entre paréntesis al Espíritu sin que de ello se siga daño: siendo menos explícitamente conocido o reconocido, sin embargo la experiencia que de él se tiene es previa y fundamental; ya lo decíamos al principio: su acción íntima, discreta, nos permite reconocer, nombrar y orar al Padre, y nos da el confesar que Jesús es Señor.
También puede intentarse la aproximación por medio de imágenes o símbolos, para intentar mostrar que este «misterio del Espíritu» es como normal. El Espíritu es la luz en que vivimos inmersos, alcanzamos nuestro pleno desarrollo y descubrimos al Padre, un poco en el sentido del Salmo 36,10: «En tu luz vemos la luz». Es la mirada misma con que divisamos al Padre y al Hijo y vislumbramos el misterio de Dios. Urs von Balthasar dirá de él: «No quiere ser visto, sino ser en nosotros el ojo que ve». Un cántico reciente intenta otra imagen: «Espíritu, tu nos recorres como la sangre». En fin, el Espíritu es en lo profundo de nosotros el amor que nos certifica que Dios ama, que nos ama a nosotros. Este es el verdadero sentido del versículo que nos es tan conocido: «EI amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones» (Rm 5);
«el amor que Dios nos tiene y no el amor que nosotros tenemos a Dios», puntualiza la nota de la traducción ecuménica de la Biblia. El Espíritu Santo es también el amor que hace que nosotros amemos. Resumiendo, en el fondo todas estas imágenes vienen a decir lo mismo: no se conoce al Espíritu, tan sólo se le adivina «de rebote», indirectamente, por lo que hace decir, orar y obrar a aquellos en quienes «habita». Y si es tan indispensable y a la vez tan misterioso, se debe a que representa lo más secreto del misterio de Dios: «El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios (. ) Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1 Cor 2, 10-11). ¡Extraordinario texto! Tal es la dificultad con que tropezamos cuando tratamos de conocer al Espíritu Santo. Pero esta dificultad no debe detenernos, sino más bien estimularnos para avanzar más en este conocimiento, con respeto y audacia, hasta llegar a «denominar» al Espíritu Santo y trazar el perfil de su identidad propia. El Nuevo Testamento nos permite decir: el Espíritu Santo es el Espíritu del Padre y del Hijo. Pero pienso que para denominarle de manera justa y plena, bastaría que le llamáramos «el Espíritu del Hijo», «el Espíritu de Jesús» ¿Por qué? Sencillamente porque tenemos la encarnación, y porque Jesús es la manifestación (la revelación) última y suprema de la gloria, la sabiduría y el amor del Padre:
«Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). «El Hijo es reflejo de su gloria (del Padre), impronta de su ser» (Hb 1,3). Cuando la epístola de los Efesios habla del misterio, tiene presente «el misterio de Cristo», y «el misterio de Cristo ha sido revelado ahora por el Espíritu» (Ef 3,4-6). Por esta razón, mostrar cómo el Espíritu Santo es el Espíritu de Jesús constituye la manera correcta de denominarle. Sin el Espíritu, en actividad en el secreto de los corazones, no sabríamos en realidad quién es Jesús. Pero recíprocamente, sólo por Jesús salió del incógnito el Espíritu si es licito expresarse así; y por medio de las obras realizadas por él en Jesús y en sus discípulos pudo manifestar quién era.
El Espíritu de Jesús:
un Espíritu «por encima de toda sospecha»
Hagamos un alto prolongado en la denominación «el Espíritu de Jesús»: es muy ilustrativo para nuestra vida cristiana. Lo mismo que dijo Jesús «Quien me ha visto a mi, ha visto al Padre», podía decir también: Quien me ve actuar a mi, ve actuar al Espíritu Santo; pues todo lo que yo hago lo inspira él de acuerdo con la voluntad de Padre. Así, pues, la vida y la forma de actuar de Jesús de Nazaret, el Hijo amado, enviado en misión por el Padre, enviado a los pobres para anunciarles una buena nueva y para dar a esta buena nueva un lugar, un cuerpo social visible (el Reino), esa vida y esa forma de actuar, serán la referencia obligada para entender tanto el misterio del Espíritu como, por otra parte, el misterio del Padre y finalmente el misterio de Dios en nuestras vidas y en la historia.
Al Espíritu sólo se le. puede denominar, con verdad y de forma que esté «por encima de toda sospecha», diciendo que es el Espíritu de Jesús de Nazaret. En efecto, creer que se es del Espíritu, sin tener por base de la propia forma de actuar la forma de actuar de Jesús de Nazaret, es exponerse a todo tipo de ilusiones. «Si no queremos agotarnos persiguiendo sueños inconscientes, se impone que demos un rodeo pasando por Jesús». Este «rodeo» -dado que lo sea, pues más bien es un recurso obligado- afianza fuertemente nuestras raíces y nuestra memoria cristiana contra todas las fantasías que pretendan construir un modelo idílico. Basta pensar en l as elucubraciones de quienes, tras una era de Dios-Padre y luego otra del Hijo, anunciaban la época del Espíritu Santo exclusivamente. Fue la teoría de las «tres edades», lanzada por el monje calabrés Joachim de Fiore, unos años anterior a Francisco de Asís, con todas las falsas esperanzas que esta teoría hizo concebir. Yves Congar, en el primer volumen de su obra Je crois en l’Esprit Saint, trata de demostrar, al hilo de la historia, los nefastos resultados de aquel movimiento pseudoespiritual (c. VII, p. 175 s.). El paso obligado por Jesús de Nazaret representa, por el contrario, el principio de realidad (y no de evasión) que exige que el Espíritu sea «valorado» sobre el patrón de las palabras y de la vida de Jesús.
«El Espíritu Santo -nos hace saber Jesús en San Juan- nos recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,26). «El Espíritu rememora la objetividad histórica de Jesús. Si nos conforma con el Hijo no es según un orden imaginario, sino según la realidad (...). Jesús es la roca que sirve de cimiento a toda interpretación» (Duguoc). «No basta con ir pregonando: El Espíritu, el Espíritu, para experimentar el Espíritu. El acceso al Espíritu es una aventura espiritual larga, poco locuaz, muchas veces inesperada. Se entra en la vía del Espíritu no tomando un camino paralelo al de Jesús, sino entendiendo mejor el vinculo entre Jesús y el Espíritu» (Henri Bourgeois). Un teólogo protestante ha dado, creo yo, con la fórmula exacta y contundente: «El Espíritu Santo es cristológico. No tiene intención de hablar sino de uno sólo: de Jesucristo Desde el momento en que al Espíritu Santo se le separa de Cristo y de su propio cometido de testigo, se esconde y sólo se tiene de él un residuo, si no un falso Espíritu Santo. El error en que con más frecuencia se ha incurrido, acerca de él es haber olvidado su gravitación cristológica». (A. Maillot).
El Espíritu Santo, nuestra memoria cristiana, fiel y viviente ES/MEMORIA-FIEL-J: Esta formulación es una nueva manera, más concreta, de subrayar la misma afirmación que acabamos de hacer. El Espíritu, que nos recuerda cuanto dijo Jesús, es nuestra memoria fiel. Fiel porque no añade nada substancialmente nuevo al mensaje legado por Jesús: Jesús es «la palabra definitiva de Dios», una palabra insuperable. Escuchemos una vez más a Juan:
«El Espíritu dará testimonio de mí» (15,26). «Recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros» (16,14). «No hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga» (16,13). Memoria fiel porque lo dice todo, para asegurar sin menoscabo alguno la plena progresión del don de Dios en Jesucristo. Tal es el sentido del siguiente versículo tan trinitario: «Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho (habla Jesús): Recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros» (16,15).
Pero entonces, ¿el Espíritu Santo es un simple «repetidor», un mero «eco»? No, porque es una memoria viviente. El Espíritu restituye incesantemente a la palabra de Jesús toda su novedad y su fuerza contundente. Crea en nosotros un «corazón nuevo», para que la acojamos, la meditemos y la interioricemos. Nos ayuda a descubrir sus inagotables riquezas, hasta entonces inadvertidas para nosotros. Este es sin duda el sentido del texto-faro: «Mucho podría deciros aún, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa» (/Jn/16/12-13). Pues bien, ¿cuáles son esas cosas que los discípulos no pueden soportar aún, algo así como los ojos no pueden aguantar una luz demasiado viva? ¿Cuál es esa «verdad completa» que todavía están por descubrir? Sin duda, llegar a comprender la muerte y resurrección de Jesús (¡buen paso el que hay que dar!): el porqué de esa vida y esa muerte, así como su significado dentro del plan de Dios: «¿No era necesario que el Cristo padeciera eso...?» (Lc 24,27); la verdad definitiva acerca del misterio de su persona tan sólo vislumbrado bajo la forma de una pregunta («¿Quién es este hombre?»), pero puesto a plena claridad después de Pentecostés.
Una memoria viviente quiere decir, en el sentido amplio del término, la memoria de «el que vive» (Ap 1,18). Por lo demás, en esta misma linea se debe entender el «Haced esto en memoria mía». Sólo el Espíritu puede hacer que el memorial no sea un rito vacío, un puro recuerdo; de ahí la revalorización de las «epiclesis» o invocaciones al Espíritu, en las nuevas plegarias eucarísticas. Más adelante volveremos a hablar de este tema: «la letra de los ritos sacramentales y el Espíritu». Pero, ¿cómo no citar, ya desde ahora, este admirable texto de Mons. Hazim? «Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos, Cristo se queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una mera organización, la autoridad una dominación, la misión una propaganda, el culto una mera evocación, el comportamiento cristiano una moral de esclavo. Pero en El, el cosmos es elevado y gime en el alumbramiento del Reino, Cristo Resucitado se hace presente, el Evangelio es capacidad de vida, la Iglesia significa la comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador, la misión un Pentecostés, la liturgia memorial y anticipación, el comportamiento humano queda deificado». (Declaración en la asamblea del Consejo ecuménico de las Iglesias, en Upsala, el 4 de julio de 1968).
Memoria viviente significa la conciliación entre un sólido arraigo y un impulso colmado de esperanza: esperanza con un lastre de realismo, de lo contrario es mero prurito de cambio, huida hacia el futuro al que se adorna ilusoriamente con todos los méritos, mientras se devalúa y niega el pasado (y aquí se trata de nuestro pasado cristiano). Pero «buscar al Espíritu Santo en la dirección de nuestras raíces», no implica de ningún modo una actitud «retro» que se complace en los recuerdos. Conclusión (parcial y provisional): dentro del régimen cristiano, nunca se puede afirmar, de manera directa y exclusiva, que se es del Espíritu, si no se pasa por Jesús de Nazaret, imagen histórica del Dios invisible, mediante su vida terrena, correctamente y honradamente leída, con la densidad de su humanidad y con sus misteriosas profundidades: esta es la norma definitiva a la que el Espíritu nos remitirá siempre. El Espíritu del Resucitado, que da la capacidad de llamar a Jesús Señor y Cristo, nunca hace «olvidar» su vida terrena: «Al glorificarle Dios (el Padre), no entregó al olvido, como si dijéramos, su vida terrena para eternizar otra cosa distinta de ella, sino que aceptó (en el sentido de salir fiador) esa vida y ese origen».
A esto puede añadirse también que de tal modo es el Espíritu el «Espíritu de Jesús», que a partir de la Pascua no tiene otra cosa que hacer sino edificar el Cuerpo de Cristo: «El Espíritu es quien nos hace miembros del Cuerpo de Cristo (cf. 1 Cor 12,13; Rm 8,12 s.); pero ese cuerpo no es el del Espíritu Santo, es el de Cristo» (Congar, op cit., II, p. 268). En este Cuerpo es donde se realiza nuestra adopción filial (Ef 1).
El ser y la misión de Jesús, conocidos gracias al Espíritu Llamar al Espíritu Santo «Espíritu de Jesús» es afirmar también, de modo más preciso, que por él «descubre» Jesús su ser y su propia misión. Sí, se trata verdaderamente de un descubrimiento que hace el mismo Jesús, cosa que puede extrañar. Por eso me permito colocar aquí, ya de entrada y como justificación de esta postura, la extensa cita de Congar que ofrezco a continuación. (El autor está comentando la escena del Bautismo y el «Tú eres mi Hijo amado», de /Mc/01/11). J/CONCIENCIA-DE-SI «El mismo Jesús adquiere entonces conciencia plena de que él es ‘Aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo’ (Jn 10,36). Abordamos aquí un punto delicado, y difícil de poner en claro y de expresar: el del crecimiento, en la conciencia humana de Jesús, de la conciencia que tuvo de su condición y su misión. El acontecimiento de su bautismo, su encuentro con Juan Bautista, la venida del Espíritu sobre él y la Palabra que la acompañaba representan en realidad un momento decisivo en la explicación de la conciencia que él tuvo, en su alma humana, de su condición de elegido, enviado, Hijo de Dios y Servidor-cordero de Dios. Hoy día cobra fuerza una aquiescencia (teológica) en este sentido (...). Es un hecho atestiguado por las Escrituras que Jesús creció en sabiduría y gracia ante Dios (/Lc/02/52), ignoró ciertas cosas e incluso quizás se equivocó, y experimentó la dificultad de una obediencia perfecta a su Padre. Desde la infancia a la cruz, vivió su misión sometido al régimen de la obediencia, es decir, de no poder disponer de sí, y de ignorar el resultado de lo que vivía ¿Hasta dónde y cómo fue consciente, en el plano de su experiencia de hombre, de su misma condición ontológica de Hijo de Dios? La representación y la expresión de esa condición fueron haciéndose explicitas según las experiencias, las coyunturas y sus propias acciones. Fue comprendiendo su misión a medida que iba ejerciéndola: por una parte, descubriéndola delineada en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos; y por otra parte, al recibir del Padre las realizaciones milagrosas y las palabras proféticas, y vivir en obediencia la voluntad del Padre sobre él: "En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo y dijo: Yo te bendigo, Padre..."». (Op. cit., I, pp. 37-39).
Expliquemos este texto preliminar, colocado aquí en atención a la claridad, y al que me adhiero plenamente:
a) El ser de Jesús. Jesús alcanza, en lo humano, clara conciencia de su ser de Hijo por excelencia, por medio del Espíritu Santo. Y esto se señala claramente en los evangelios cuando describen esos momentos privilegiados, esa especie de claros y rompientes de luz en su vida terrena, como son el Bautismo y la Transfiguración: «los cielos que se abren» (Bautismo); «una nube luminosa» (Transfiguración). Fijémenos bien en el «Tú eres mi Hijo amado», de Mc 1,11 (Mateo 3,17 habla en tercera persona: «Este es...»): es el «Tú» personalizado del diálogo y de la oración, oración que Lucas señala expresamente en el Bautismo (3,21) lo mismo que en la Transfiguración (9,29). Pero a estos dos primeros episodios hay que añadir otro que muestra claramente esa condición de Hijo, esa relación y esa intimidad absolutamente únicas. Al «Tú eres mi Hijo amado», pronunciado por el Padre, responde el «Yo te bendigo, Padre», dicho por Jesús. Y el diálogo se produce bajo la acción del Espíritu Santo. (Lc 10,21-22).
Por el Espíritu comprende humanamente Jesús su propia misión
b) Desde el Bautismo, el «Tú eres mi Hijo amado» va seguido de «En ti me complazco» (Mc 1,11). Y se trata indudablemente «no de una arbitraria veleidad, sino de una elección con miras a una misión», advierte la traducción ecuménica de la Biblia. Por otra parte, al apelativo «Hijo amado», de la Transfiguración, los tres Sinópticos añaden esta invitación: «Escuchadle» El más explícito es Lucas: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle» (Lc 9,35). Decir esto es, evidentemente, señalar a Jesús como el profeta semejante a Moisés, al que todo el mundo debe escuchar (cf. Hech 3,22). Está claro que no se nombra expresamente al Espíritu Santo, pero la afinidad con la escena del Bautismo es tan evidente, que se le puede descubrir en acción al ver al Padre hacerse fiador del «profeta» Jesús.
Por otra parte, para convencerse de esto basta con volver a los acontecimientos que siguieron al Bautismo. Cuando, en las tentaciones en el desierto, se trata de someter a Jesús en su rechazo de una misión falseada con aspectos espectaculares, pero absolutamente inútiles en orden a la verdadera salvación de los hombres, los tres Sinópticos nombran al Espíritu Santo. Y entonces Lucas enlaza enseguida con lo que puede denominarse la consagración mesiánica y profética de Jesús. Lucas 4,14-18 está plagado de la presencia del Espíritu. Consagración misionera que San Pedro recalca de manera inequívoca en casa de Cornelio: «Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Jesús predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo» (Hech 10,37-38) La misma consagración consta en Mateo, pero desplazada en cuanto al tiempo (Mt 12,15-21 y no al comienzo de la misión), menos solemne y más neutra que en Lc 4, con una referencia a otro texto de Isaias, 42,1-4: «He aquí mi siervo a quien sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre él...», texto que hace hincapié en los recursos modestos («no apagará la mecha humeante»), y en la universalidad de la misión («en su nombre pondrán las naciones su esperanza»).
Volvamos al capítulo 4 de Lucas, para precisar quiénes son los beneficiarios de esta misión a la que Jesús es conducido por el Espíritu: los beneficiarios son los pobres. Y no para ser objeto de una salvación abstracta, sino para su liberación (Lucas 4,18 está bastante claro). Lo cual significa que, si no se tiene derecho a reducir esa salvación a una mera liberación social o política (para hablar en lenguaje actual), tampoco hay derecho alguno a atenuar el vigor realista de esa salvación. Por otra parte, dicha salvación-liberación empieza con unas acciones realizadas con carácter de continuidad: expulsa un demonio impuro (Lc 4,31 s.); a continuación del episodio que acabamos de mencionar, Mateo muestra paralelamente unos «demonios expulsados por el Espíritu de Dios» (Mt 12,28): así, pues, los liberados y reintegrados son posesos, enfermos, gente rechazada.
Finalmente, reparemos en que esa «buena nueva anunciada a los pobres» no está reservada exclusivamente a Israel, pues ese «año de gracia del Señor» (Lc 4,19) y esa salvación graciosa -gratuita- es para todos. La ira de los habitantes de Nazaret cuando Jesús les habla de los que fueron curados en Sidón y Siria (la viuda de Sarepta, Naamán; Lc 4,25-30), demuestra que habían entendido bien la «abolición de los privilegios». Tanto, que el episodio del centurión Cornelio que ya hemos mencionado y el furor de los circuncisos, a los que tanto trabajo le cuesta a Pedro apaciguar (Hech 10 y 11), están en linea con Lucas 4,25-30: la salvación-liberación ya no es «¡sólo para nosotros!». Paralelamente son incorporados a ella todos los demás.
El Espíritu es el que, también a nosotros, nos confiere nuestra identidad de hijos y nuestra misión Con nosotros sucede otro tanto que con Jesús. Nuestra identidad de hijos y nuestra misión nos las confiere el Espíritu de Jesús, y ambas de forma inseparable. Así pues, la intimidad de nuestra relación con el Padre y el sentido de la oración y de la acción de gracias -así como el compromiso fraterno- son los componentes necesarios de toda experiencia cristiana autentica. Además, viendo a Jesús animado por el Espíritu, hay que añadir que pretender hablar del Espíritu sin contenido, en cierto modo, sin experiencia de vida (al menos inicial) y sin voluntad de misión constituye una falta de honestidad.
Para cerrar esta segunda parte, diría con gusto que si es en verdad Jesús el que se ha posesionado de nosotros, él será en nosotros:
· fuerza de profecía, es decir, de contestación, de clamor y de desestabilización de los sistemas abusivamente establecidos en la injusticia y en la exclusión de los más débiles;
· fuerza de propuesta orientada a establecer, aunque sólo sea en proporciones modestas y limitadas, un orden social nuevo (el Reino);
· fuerza de testimonio y de entrega de sí;
· espíritu de libertad que haga crujir las fronteras que limitan y rechace toda ideología y todo espíritu de sistema
En resumen, en el cristiano habrán de encontrarse siempre juntos, en virtud del Espíritu: el evangelio de Jesús llevado a la practica, la oración, la acción de gracias y la misión o el amor que se entrega. «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» (Mt 10,8).
ANDRE FERMET
EL ESPÍRITU SANTO ES NUESTRA VIDA
Sal Terrae. Col. ALCANCE 35
Santander-1985 Págs. 67-87
Biblioteca Catolica Digital www.mercaba.org
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"La Paz De Cristo en el Reino de Cristo"

Acción Católica Mexicana Diócesis de Querétaro
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correo: acm_qromx@hotmail.com

Jose Luis Aboytes

3 comentarios:

Anónimo dijo...

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