jueves, mayo 25, 2006

Tedeum 25 del Mayo 2006

Fuente: AICA, Para mas informacion consultar páginas relacionadas con la catequesis

Jueves 25 de mayo de 2006

Homilía de Mons. Bergoglio
en el Tedeum del 25 de mayo

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.

Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

"Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los mansos, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los que lloran, porque serán consolados.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.” (Mt. 5:1-12)

1. En este día de acción de gracias por la Patria escuchamos el pasaje de las Bienaventuranzas que nos hablan de dicha y de bendición, de horizonte gozoso de ser. Jesús, el “Testigo Veraz” de la alegría de ser porque dio su vida por la bienaventuranza de todos, nos ilumina y nos nutre hoy con su programa. Las Bienaventuranzas el Señor las dijo para todos y, si es verdad que marcan con claridad nuestras zonas de sombra y de pecado, también es verdad que comienzan con una bendición y terminan con una promesa que nos consuela. Dios congregó a su pueblo en torno a la verdad, al bien y a la belleza que proclaman las Bienaventuranzas. Ojalá que al escucharlas no busquemos aplicarlas críticamente a los demás, sino que las recibamos enteras todos, cada uno con corazón simple y abierto, y permitamos que la Palabra nos congregue una vez más, siempre en la esperanza de construir la Nación que nos debemos. En el día de la Patria nos hará bien hacer un breve recorrido por estas Bienaventuranzas; cada uno de nosotros reflexionando pausadamente en ellas y preguntándonos qué significan hoy para mí, no para el que tengo al lado o para el vecino de enfrente. Recorrer las Bienaventuranzas lentamente, en una especie de “cadencia sapiencial”, procurando que su significado me llegue al corazón.

2. Hoy nos sentimos llamados –todos, sin excepción- a confrontarnos con este testimonio que brota del sentimiento íntimo de Jesús. Estamos llamados a una vocación: construir la dicha, unos por los otros: es lo que nos llevaremos de este mundo. En las Bienaventuranzas el Señor nos indica el camino por donde los seres humanos podemos encontrar la felicidad más auténticamente humana y divina. Nos proporciona el espejo donde mirarnos, el que nos deja saber si vamos por el sendero de serenidad, de paz y de sentido en que podemos disfrutar de nuestra existencia en común. La Bienaventuranza es simple y, por eso mismo, es un trayecto por demás exigente y un espejo que no miente. Rehúye al eticismo descomprometido y a la moralina barata.

3. En la conmemoración de las jornadas de Mayo, volvemos a aquellos padres de la Patria quienes, en su gesta, soñaron la bienaventuranza para nuestros pueblos que aspiran a crear ciudadanía. También en aquellos tiempos jugaban las ilusiones… y la pureza de la inspiración de los ideales se entrecruzaba con las ambiciones fáciles, algunas veces oscuras. Después de todo, ello es parte de la historia de todos los pueblos, y no venimos a juzgar ni pretender separar el trigo de la cizaña, sino a celebrar el legado del que nacimos, porque a pesar de las miserias y con ellas, tenemos un hogar. Venimos a celebrar pero no debemos dejar de preguntarnos si sigue siendo vocación nuestra el concretar aquellos deseos de bienaventuranza, si el ser ciudadanos se nos ha devaluado hasta llegar a ser un mero trámite o sigue siendo el llamado hondo a procurar la alegría y la satisfacción de construir juntos un hogar, nuestra Patria.

4. El Señor comienza hablando de la alegría que sólo experimentamos cuando tenemos alma de pobres. En nuestro pueblo más humilde encontramos mucho de esta bienaventuranza: la de los que conocen la riqueza de la solidaridad, la riqueza del compartir lo poco, pero compartirlo; la riqueza del sacrificio diario de un trabajo, a veces inestable y mal pago, pero hecho por amor a los suyos; la riqueza incluso de las propias miserias pero que, vividas con confianza en la Providencia y en la Misericordia de nuestro Padre Dios, alimentan en nuestro pueblo esa grandeza humilde de saber pedir y ofrecer perdón, renunciando al odio y la violencia. Sí, la riqueza de todo pobre y pequeño, cuya fragilidad y vulnerabilidad expuesta le hace conocer la ayuda, la confianza y la amistad sincera que relativiza las distancias. Para ellos, dice Jesús, es “el Reino de los Cielos”; sólo así, imitando esa misericordia de Dios, se obtiene un alma grande capaz de abarcar y comprender, es decir de “obtener”, como dice el Evangelio, misericordia.

5. Necesitamos de la amistad social que cultivan los pobres y los pequeños, la que sólo satisface cuando se da por completo a los otros.

Dios nos libre de la “malaventuranza” de una permanente insatisfacción, del encubrimiento del vacío y la miseria interior con sustitutos de poder, de imagen, de dinero. La pobreza evangélica, en cambio, es creativa, comprende, sostiene y es esperanzada; desecha la “actuación” que sólo procura impresionar; no necesita propaganda para mostrar lo que hace, ni recurre al juego de fuerzas para imponerse. Su poder y autoridad nace de la convocatoria a una confianza, no de la manipulación, el amedrentamiento o la prepotencia.

6. Felices son también los corazones que se “afligen”. Los que lloran por el desgarro entre el deseo de esa plenitud y de esa paz que no se alcanzan y postergan, y un mundo que apuesta a la muerte. Felices los que por esto lloran, y llorando apuestan al amor aunque se encuentren con el dolor de lo imposible o de la impotencia. Esas lágrimas transforman la espera en trabajo en favor de los que necesitan y en siembra para que cosechen las generaciones por venir. Esas lágrimas transforman la espera en solidaridad verdadera y compromiso con el futuro.

Por ello, felices, entonces, los que no juegan con el destino de otros, los que se animan a afrontar el desafío de construir sin exigir ser protagonistas de los resultados, porque no le tienen miedo al tiempo. Felices los que no se rinden a la indolencia de vivir el instante sin importar para qué o a costa de quienes, sino que siempre cultivan a largo plazo lo noble, lo excelente, lo sabio, porque creen más allá de lo inmediato que viven y logran.

7. La “malaventura” es precisamente lo contrario: no aceptar el dolor del tiempo, negarse a la transitoriedad, mostrarse incapaz de aceptarse como uno más del pueblo, uno más de esa larga cadena de esfuerzos continuos que implica construir una nación. Tal vez ésta ha sido una causa de tantas frustraciones y fracasos que nos han llevado a vivir en vilo, en permanente sobresalto. En el hábito de polarizar y excluir, en la recurrencia de crisis o emergencias, los derechos pierden terreno, el sistema se debilita y se lo vacía indirectamente de legitimidad. Los mayores precios son pagados entonces por los más pobres, y crecen las posibilidades de oportunistas y ventajeros.

8. Justamente este apostar al tiempo y no al momento es lo que Jesús ensalza como paciencia o mansedumbre. “Felices los pacientes porque recibirán la tierra en herencia”.

Es bueno recordar que no es manso el cobarde e indolente sino aquel que no necesita imponer su idea, seducir o ilusionar con mentiras, porque confía en la atracción -a la larga irresistible- de la nobleza. Por eso nuestros hermanos hebreos llamaban a la verdad “firmeza” y “fidelidad”: lo que se sostiene y convence porque es contundente, lo que se mantiene a lo largo del tiempo porque es coherente. La intemperancia y la violencia, en cambio, son inmediatistas, coyunturales, porque nacen de la inseguridad de sí mismo. Feliz por eso el manso, el que se mantiene fiel a la verdad y reconoce las contradicciones y las ambigüedades, los dolores y fracasos, no para vivir de ellos, sino para sacar provecho de fortaleza y constancia.

9. Desdichado el que no se mantiene mansamente en la verdad, el que no sabe en qué cree, el ambiguo, el que cuida a toda costa su espacio e imagen, su pequeño mundito de ambiciones. A éste -tarde o temprano- sus miedos le estallarán en agresión, en omnipotencia e improvisación irresponsable. Desdichado el vengativo y el rencoroso, el que busca enemigos y culpables sólo afuera, para no convivir con su amargura y resentimiento, porque con el tiempo se pervertirá, haciendo de estos sentimientos una pseudo-identidad, cuando no un negocio.

¿Cuántas veces hemos caído los argentinos en la “malaventuranza” de no haber sabido conservar tal mansedumbre? En la “malaventuranza” del internismo, de la constante exclusión del que creemos contrario, de la difamación y la calumnia como espacio de confrontación y choque. Desdichadas actitudes que nos encierran en el círculo vicioso de un enfrentamiento sin fin. ¿Cuántos de estos caprichos y arrebatos de salida fácil, de “negocio ya”, de creer que nuestra astucia lo resuelve todo, nos ha costado atraso y miseria? ¿No reflejan acaso nuestra inseguridad prepotente e inmadura?

10. Felices, en cambio, si nos dejamos convocar por la fuerza transformadora de la amistad social, ésa que nuestro pueblo ha cultivado con tantos grupos y culturas que poblaron y pueblan nuestro país. Un pueblo que apuesta al tiempo y que conoce la mansedumbre del trabajo, el talento creativo e investigador, la fiesta y la solidaridad espontánea, un pueblo que supo ganar o “heredar la tierra” en la que vive.

11. Este es el verdadero trabajo por la paz, como dice otra de las Bienaventuranzas, el que incluye y recrea, el que invita a convivir y compartir aun a los que parecen adversarios o son extranjeros. El que piensa del otro: éste no puede ser sino ‘hijo de Dios’; hijo de lo alto en su fe e hijo de esta tierra en su cultura. La paz comienza a afianzarse cuando miramos al otro como hijo de Dios, como hijo de la Patria. Por eso decimos hoy: felices aquellos de nuestros mayores que trabajaron por la paz para nuestros pueblos y se dejaron pacificar por la ley, esa ley que acordamos como sistema de vida y a la que una y otra vez debemos volver a poner en lo más alto de nuestros corazones.

12. ¡Pobre el que burla la ley gracias a la cual subsistimos como sociedad! Ciego y desdichado es, en el fondo de su conciencia, el que lesiona lo que le da dignidad. Aunque parezca vivo y se jacte de gozos efímeros ¡qué carencia!. La anomia es una “malaventuranza”: esa tentación de “dejar hacer”, de “dejar pasar”, ese descuidar la ley, que llega hasta la pérdida de vidas; esa manera de malvivir sin respetar reglas que nos cuidan, donde sólo sobrevive el pícaro y el coimero, y que nos sumerge en un cono de sombra y desconfianza mutua. Qué dicha en cambio siente uno cuando se hace justicia, cuando sentimos que la ley no fue manipulada, que la justicia no fue sólo para los adeptos, para los que negociaron más o tuvieron peso para exigir, ¡qué dicha cuando podemos sentir que nuestra patria no es para unos pocos! Los pueblos que a menudo admiramos por su cultura, son los que cultivan sus principios y leyes por siglos, aquellos para los cuales su ethos es sagrado, a pesar de tener flexibilidad frente a los tiempos cambiantes o las presiones de otros pueblos y centros de poder.

13. Qué desventurados en cambio somos cuando malusamos la libertad que nos da la ley para burlarnos de nuestras creencias y convicciones más profundas, cuando despreciamos o ignoramos a nuestros próceres o al legado de nuestro pasado, cuando incluso renegamos de Dios, desentendiéndonos de que en nuestra Carta Magna lo reconocemos “fuente de toda razón y justicia”.

El maduro acatamiento de la ley, en cambio, es el del sabio, el del humilde, el del sensato, el del prudente que sabe que la realidad se transforma a partir y contando con ella, convocando, planificando, convenciendo, no inventando mundos contrapuestos, ni proponiendo saltos al vacío desde equívocos vanguardismos.

14. Éste el camino de los justos; el que emprenden los que tienen hambre y sed de justicia y que, al vivirla, “ya son saciados” como nos dice el Evangelio. Feliz el que cultiva el anhelo de esa justicia que tanto procuramos a lo largo de nuestra historia; anhelo que posiblemente nunca se saciará por completo, pero que nos hace sentir plenos al entregarnos en pos de la mayor equidad. Porque la justicia misma estimula y premia al que arriesga y se desgasta por ella y da oportunidad al que trae esfuerzos genuinos y sólidos.

Feliz el que practica la justicia que distribuye según la dignidad de las personas, según las necesidades que esta dignidad implica, privilegiando a los más desprotegidos y no para los más amigos. Feliz el que tiene hambre y sed de esa justicia que ordena y pacifica, porque “pone límites a” los errores y las faltas, no las justifica; porque contesta el abuso y la corrupción, no la oculta ni encubre; porque ayuda a resolver y no se lava las manos, ni hace leña del árbol caído. Felices nosotros si la apelación a la justicia nos hace arder las entrañas cuando vemos la miseria de millones de personas en el mundo.

15. Desdichados en cambio si no nos quema el corazón ver cómo en las calles, en las mismas puertas de las escuelas de nuestros hijos, se comercian drogas para destruir generaciones, convirtiéndolas en presa fácil del narcotráfico o de los manipuladores de poder. Desdichados porque se paga muy caro el drenaje de la cultura hacia lo superficial y el escándalo marketinero, (expresiones de desprecio de la vivencia espiritual que buscan avivar el vacío); se pagan muy caro la mentiras y la seducción demagógica para transformarnos en simples clientes o consumidores. Abramos los ojos, no es esclavo el que esta encadenado, sino el que no piensa ni tiene convicciones. No se es ciudadano por el solo hecho de votar, sino por la vocación y el empeño construir una Nación solidaria.

16. Felices por eso los limpios de corazón que no temen poner en juego sus ideales, porque aman la pureza de sus convicciones vividas y transmitidas con intensidad sin esperar los aplausos, el relativo juicio de las encuestas o la ocasión favorable de mejores posiciones. No cambian su discurso para acceder a los poderosos ni lo vuelven a desvestir para ganarse el aplauso efímero de las masas. Bienaventurados los limpios de corazón que informan, piensan y hacen pensar sobre estas cosas fundamentales y no nos quieren distraer con hechos secundarios o banales. Los que no entregan su palabra o su silencio a los que dominan, ni quedan atrapados en sus dictados.

17. Bienaventurados los jóvenes limpios de corazón que se juegan por sus deseos nobles y altos, y no se dejan arrastrar por la desilusión de las mentiras y la absurda inmadurez de muchos adultos. Los que se animan al compromiso más puro de un amor que los arraigue en el tiempo, que los haga íntegros por dentro, que los una en un proyecto. Los que no se dejan atomizar por las ocurrencias, las ofertas fáciles o el pasar el momento. Felices si se rebelan por cambiar el mundo y dejan de dormir en la inercia “del no vale la pena”. La bienaventuranza es una apuesta trabajosa, llena de renuncias, de escucha y aprendizaje, de cosecha en el tiempo, pero da una paz incomparable. Felices si seguimos el ejemplo de los que se animan a vivir con coherencia aunque no sean mediáticos.

18. Posiblemente la pureza de un corazón que ama sus convicciones, provoque rechazo y persecución. De hecho, Jesús sufrió el rechazo de nuestra necedad cada vez que removió nuestra maldad más profunda hipócritamente disfrazada. Y sin embargo allí también nos llama a ser felices. Felices los “perseguidos por causa de la justicia” que para Él y para sus compatriotas era la de Dios y su Reino. Y nos llama a la alegría incluso cuando nuestras convicciones coherentes despierten no sólo rechazo, sino calumnias, insultos y persecución.

Por supuesto que no se trata ni de la actitud del temerario que necesita de la rebeldía o del coqueteo con la muerte para sentirse alguien, ni del que exhibe denuncias, protestas o escisiones para sacar réditos personales. Tampoco bendice Jesús la rigidez cobarde del soberbio que utiliza la verdad para no arriesgarse a la misericordia.

La causa no es de opacas idealizaciones, sino de amor: es persecución por El, por su Persona, por la Vida que transmite y, por tanto, por la lucha en favor de todo ser humano y sus derechos. Es lucha por todo bien y verdad que tienda a la plenitud; por el deseo de ser hermanos en esta tierra, es decir, de aceptarnos diferentes en la igualdad.

Felices si somos perseguidos por querer una patria donde la reconciliación nos deje vivir, trabajar y preparar un futuro digno para los que nos suceden. Felices si nos oponemos al odio y al permanente enfrentamiento, porque no queremos el caos y el desorden que nos deja rehenes de los imperios. Felices si defendemos la verdad en la que creemos, aunque nos calumnien los mercenarios de la propaganda y la desinformación.

19. El mismo Jesús sufrió toda clase de injurias e inventos maliciosos, vio cómo facciones rivales se unían contra Él; oyó falsos testimonios de los desinformadores; tuvo defensores imprudentes que ensayaron rigideces y se quedaron con la realidad de su cobardía. Conoció la traición de los que señalaban con la izquierda y cobraban denarios con la derecha.

20. Felices, queridos hermanos, si construimos un país donde el bien público, la iniciativa individual y la organización comunitaria no pugnen ni se aíslen, sino que entiendan que la sociabilidad y la reciprocidad son la única manera de sobrevivir y, Dios mediante, de crecer ante la amenaza de la disolución.

Nadie puede llegar a ser grande si no asume su pequeñez. La invitación de las Bienaventuranzas es un llamado que nos apremia desde la realidad de lo que somos, nos entusiasma, lima los desencuentros. Nos encamina en un sendero de grandeza posible, el del espíritu, y cuando el espíritu está pronto todo lo demás se da por añadidura.

Animémosnos, pues, con el espíritu valiente y pleno de coraje, aun en medio de nuestras pobrezas y limitaciones; y pidámosle a Dios que nos acompañe y fortalezca en la búsqueda de las Bienaventuranzas de todos los argentinos.

Buenos Aires, 25 de mayo de 2006.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j

El adolecente y su mundo

Autor: Catholic.net
Capítulo 12:
D. Carácter Apasionado (Emotivo-Activo-Secundario)
1. Descripción de los rasgos más característicos.
Uno de los caracteres más ricos. La vida del apasionado está hecha fundamentalmente de sacrificio, toma muy en serio cosas tan vitales como la familia, la patria, la religión. La persona de este carácter es servicial, honorable, amante de la sociedad. Está dotado de una comprensión inteligente para cualquier tipo de problemas y es compasivo con la debilidad, pena o aflicción ajena.
Es, así mismo, dominador, ambicioso, apto para mandar. A veces fanático e impaciente, hasta agresivo. Peca de temeridad arrastrando a los demás consigo. Se deja guiar por la regla y por la razón, que considera como normas supremas de su obrar. De aquí que observe el orden de una manera meticulosa. Puede convertirse en un hombre o mujer severa, dura, obstinada, de las que atosigan con el ejercicio de su autoridad.
Organiza jerárquicamente su vida afectiva y es generalmente reservado. Tiene una gran capacidad de trabajo, y ese trabajo tiene como base la responsabilidad; se concentra en lo que hace y es constante y organizado. Está siempre orientado hacia la acción que desea resulte lo más perfecta posible y, generalmente, consigue llevarla a feliz término. Es además puntual y de conducta honorable.
El exceso de orden, indiferencia por los deportes, poca resistencia física, desinterés por las artes son otros rasgos de este carácter. La inteligencia del apasionado es muy apta para la abstracción y el razonamiento lógico. Sus intereses intelectuales son de carácter social, metafísico y religioso. Posee capacidad inventiva, gran memoria, buena atención, imaginación y comprensión. Prefiere trabajar solo.
La misma seriedad en lo que emprende ya constituye por sí misma una valiosa ayuda tanto para su castidad personal como en el trato con el otro sexo. Sin embargo, por su orgullo mantiene una excesiva seguridad en sí mismo que le puede hacer caer en la sensualidad y en fallas graves en el campo de la sexualidad.
2. Comportamiento religioso.
El carácter apasionado tiene un profundo espíritu religioso; anhela vivir con sinceridad y coherencia su propia fe. Comprende y siente la necesidad del ideal religioso. Se apasiona por los problemas espirituales. Posee una verdadera piedad y caridad cristianas.
Sus aptitudes le permiten aceptar un ideal elevado y sobrenatural y ser fiel al mismo, aun a costa de un esfuerzo duro y continuo. No se deja dominar por los placeres de los sentidos. Caracteriológicamente hablando, es el que está mejor dispuesto para aceptar y ser consecuente con los principios que impone la religión, especialmente en la vida práctica; no una religión vaga, meramente teórica basada en el sentimiento, sino en acciones nobles y en el esfuerzo continuo. Pero, por ser orgulloso, no acepta el servicio humilde, "yo he nacido sólo para cosas grandes"´ suele pensar.
Experimenta la necesidad de un contacto íntimo con Dios. En la oración se pone a disposición de Dios para trabajar por su Reino, porque lleva el sentido de la grandeza de Dios. Pero en esa oración busca más el objetivo que ha de alcanzar con su actividad que la fuente de donde ha de sacar los recursos para vivificarla sobrenaturalmente.
Además del innato sentimiento religioso, posee una clara disposición a orientar sus acciones y su misma vida al servicio de Dios; es muy generoso y la sobriedad en los placeres de los sentidos le facilita el progreso espiritual. Su orgullo es, sin embargo, su gran defecto, que se manifiesta en la falta de docilidad, en la excesiva confianza en sí mismo, en la independencia de Dios y de los directores en el apostolado.
3. Pedagogía pastoral.
Este es el carácter que más santos ha dado a la Iglesia, como un san Agustín, que de una juventud pecaminosa pasó a una vida llena de amor purismo a Dios. San Bernardo, santa Teresa de Ávila, san Francisco Javier, san Juan Bosco, santo Tomás de Aquino, por mencionar algunos.
a. Actitud del formador.
Al apasionado podrá ser en el plano humano, un gran hombre, y en el plano sobrenatural un gran santo; pero si se inclina hacia el mal, puede llegar a ejercer una influencia totalmente dañina, por eso la formación de apasionado requiere, de parte de los formadores, un gran interés y una grave responsabilidad.
Necesita una dirección sólida. El apasionado experimenta la necesidad de tener un guía de su alma y confía mucho en él. Quiere una dirección seria, elevada, sobrenatural. El formador no debe desvirtuar la dirección espiritual convirtiéndola en una mera conversación para pasar el rato amigablemente, debe valorizar al máximo el sentido religioso que el apasionado lleva innato.
Por ser tan emotivo, posee una marcada sensibilidad y profundo espíritu observador. Siente la necesidad de un guía que lo oriente con firmeza, pero a la vez, con suavidad. Por eso e1 formador deberá mostrársele comprensivo e inspirarle confianza y simpatía. Conocerle lo más exactamente posible para aprovechar su riqueza caracteriológica. Al tratarle, no usar ironías ni palabras ásperas o humillantes que lo desalentarían.
b. Su vida espiritual.
El formador debe hacerle ver la superioridad del ideal cristiano. Se le debe presentar lo sobrenatural bajo el signo de la caridad, como don de sí mismo a Dios y a los hombres; y hacerle ver la grandiosidad del ideal cristiano en medio del mundo actual. Hay que lanzarlo a la conquista de las altas cimas de la contemplación, como vida para su acción apostólica.
c. Combatir el orgullo y la independencia.
El apasionado no comprende la necesidad de su dependencia de Dios. Su formación debe empezar por la lucha constante contra el orgullo, que es su defecto dominante. Que se acostumbre a conocerse a sí mismo con sus cualidades positivas y sus deficiencias. Se debe educar en la aceptación gustosa, por amor a Dios, de los consejos y correcciones. Acostumbrarle a comprender y apreciar las cualidades de los demás y a amarles. A reconocer sus faltas de tacto y de delicadeza. A aceptar los reveses y fracasos, las enfermedades y la inacción. A comprender que él sirve al Movimiento y no el Movimiento a él.
d. Apostolado.Este carácter posee extraordinarias cualidades para cualquier tipo de apostolado, sólo que le falta a veces concretar la oportunidad e importancia del apostolado. Por lo tanto hay que ayudarle a la reflexión como principio de acción; no es conveniente que tome apostolados individuales por su cuenta. Debe acostumbrarse, sobretodo, a recurrir filialmente a Dios y abrazarse a Cristo en un sentido de abandono total para poder vencer la tendencia al despotismo y a la incomprensión por las debilidades y deficiencias de los demás.
Debe prestar atención a no abarcar un campo de acción superior a sus posibilidades. Debe trabajar con la convicción de que es un pobre instrumento en las manos de Dios y que la obra es del Señor y que él dará mayor gloria a Dios si trabaja con una actitud interior de humildad y desprendimiento. Debe preocuparse por el progreso de la obra más que pensar en el honor en que se tiene su nombre.
Si se consigue convencer al apasionado de que cualquier éxito en su vida debe nacer de la fuente vivificadora de la humildad y de la entrega a Dios, se habrá encontrado el camino ideal para toda una vida de plenitud y de nobleza en todos los sentidos, y su apostolado será sumamente eficaz para el bien de las almas.
Por tanto, primero hay que ayudarle a desarrollar la propia emotividad dirigiéndola hacia un ideal superior. Segundo, fundamentar su emotividad y actividad en su capacidad organizadora. Tercero, acostumbrarle a actuar según los dictámenes de la razón y no de los sentimientos. Cuarto, prevenirle sobre la posibilidad de derrotas penosas.
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"La Paz De Cristo en el Reino de Cristo"
Acción Católica Mexicana Diócesis de Querétaro
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Jose Luis Aboytes

miércoles, mayo 24, 2006

Noticias de AICA

A I C A – BAIRES – SERVICIO NACIONAL – 24 DE MAYO DE 2006
El Papa efectuó tres nombramientos en el episcopado argentino

Buenos Aires, MAY 24 (AICA): El nuncio apostólico, monseñor Adriano Bernardini, informó esta mañana que el Santo Padre Benedicto XVI efectuó tres nombramientos en el episcopado argentino. Ellos son: obispo de La Rioja a monseñor Roberto Rodríguez, de 69 años, actualmente obispo de Villa María (Córdoba); obispo de Azul, al padre Hugo Manuel Salaberry, jesuíta de 54 años, actual presidente del Consejo Superior de Educación Católica (CONSUDEC); y obispo titular de Suelli y auxiliar de Buenos Aires, al reverendo monseñor Oscar Vicente Ojea, de 59 años, actual párroco de Nuestra Señora del Socorro, en Buenos Aires.
Además, el Santo Padre aceptó la renuncia de monseñor Emilio Bianchi di Cárcano al gobierno pastoral de la diócesis de Azul, presentada oportunamente por haber alcanzado la edad que establecen las normas canónicas. Hasta la toma de posesión del nuevo obispo, monseñor Bianchi di Cárcano estará al frente de la diócesis como Administrador apostólico.
Como es de práctica, los nombramientos se dieron a conocer esta mañana en Roma y en Buenos Aires en forma simultánea. En Roma a través del Osservatore Romano y en Buenos Aires mediante la agencia AICA.
Con estos nombramientos los obispos argentinos son ahora 105 y quedan vacantes las diócesis de San Miguel, Santo Tomé y Villa María.

Monseñor Roberto Rodríguez, obispo electo de La Rioja

Monseñor Roberto Rodríguez nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires, el 14 de agosto de 1936.
Ingresó en el Seminario Mayor Nuestra Señora de Loreto, de Córdoba, a punto de concluir la carrera de Ingeniero Aeronáutico en la Universidad Nacional de Córdoba.
Tras obtener la licenciatura en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, regresó al país y el 31 de enero de 1970 fue ordenado sacerdote en Cosquín, provincia de Córdoba.
Fue designado superior y luego rector del seminario menor de Córdoba, Nuestra Señora del Rosario del Milagro, ubicado en Jesús María, cargo que ejerció hasta 1988. Ese mismo año fue nombrado vicario general de la arquidiócesis de Córdoba y encargado del área del apostolado de los laicos y de la cultura.
El 12 de noviembre de 1992 Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Pertusa y auxiliar de Córdoba. Recibió la ordenación episcopal el 22 de diciembre de 1992 en la catedral de Córdoba de manos del cardenal Raúl Francisco Primatesta, y de los obispos co-consagrantes Estanislao Karlic y Jesús Arturo Roldán.
Monseñor Rodríguez fue el principal animador de los Encuentros de Constructores de la Sociedad, que anualmente se realizaron en Tanti (Córdoba), organizados por la Comisión Episcopal de Pastoral Social y por el arzobispado de Córdoba.
Es presidente de la Comisión de Pastoral Universitaria y miembro de la Comisión de Pastoral Social, ambas de la Conferencia Episcopal Argentina. Tuvo parte destacada en la constitución de la Comisión de Pastoral Scout Católica, nuevo encuadramiento del movimiento scout católico de la Argentina, del que ahora es capellán nacional.
El 23 de junio de 1998, el Papa lo trasladó a la diócesis de Villa María, en la que sucedió a monseñor Alfredo Guillermo Disandro, como cuarto obispo de esta sede episcopal, de la que tomó posesión el 13 de septiembre de ese mismo año.
En la Conferencia Episcopal Argentina fue presidente de la Comisión de Pastoral Universitaria y miembro de la Comisión de Pastoral Social. Tuvo parte destacada en la constitución de la Comisión de Pastoral Scout Católica, nuevo encuadramiento del movimiento scout católico de la Argentina, del que fue capellán nacional. Fue también presidente de la Comisión Episcopal de Educación Católica. En la asamblea plenaria fue elegido nuevamente presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Universitaria.
Monseñor Roberto Rodríguez será el sexto obispo de La Rioja, donde sucede a monseñor Fabriciano Sigampa que fue promovido a la arquidiócesis de Resistencia.

Monseñor Hugo Manuel Salaberry, S.J., obispo electo de Azul

Nació el 7 de marzo de 1952 en San Andrés de Giles, provincia de Buenos Aires. A los 24 años de edad ingresó en la Compañía de Jesús.
El 3 de diciembre de 1985 fue ordenado sacerdote. Hizo la profesión solemne en la Compañía de Jesús el 15 de agosto de 1989.
Obtuvo la licenciatura en Filosofía y el bachillerato en Teología en la Universidad del Salvador, de Buenos Aires. Además, es versado en música y enseñó piano en su ciudad natal, antes de su ingreso en la vida religiosa.
En 1990 fue nombrado Superior de la residencia de los Padres Jesuitas en la ciudad de Posadas (Misiones) y párroco de Nuestra Señora de Itatí en la capital de Misiones.
El 25 de septiembre de 1998 la Conferencia Episcopal lo nombró presidente del Consejo Superior de Educación Católica (CONSUDEC), cargo que ocupa hasta ahora.
Actualmente reside en la comunidad jesuita Regina Martyrum, en Buenos Aires.
Monseñor Hugo Salaberry será el quinto obispo de Azul.

Monseñor Oscar Vicente Ojea, obispo electo de Suelli y auxiliar de Buenos Aires
Nació en Buenos Aires el 15 de octubre de 1946. Tras completar sus estudios eclesiásticos en los seminarios Menor y Mayor de Buenos Aires, fue ordenado presbítero en Buenos Aires el 25 de noviembre de 1972. Obtuvo el título de Bachiller en Teología en la Pontificia Universidad Católica Argentina “Santa María de los Buenos Aires”.
Desde su ordenación ejerció su ministerio pastoral como vicario parroquial en diversas parroquias porteñas: María Reina (1973-1975), San José de Flores (1975-1977), Nuestra Señora de la Piedad (1977-1979), San Benito Abad (1979-1981) y Patrocinio de San José (1981-1982). Luego fue párroco de Santa Magdalena Sofía Barat (1986-1987), Santa Rosa de Lima (1987-1994) y Nuestra Señora del Socorro (1994-2000).
El 17 de abril de 2000 fue nombrado párroco de Nuestra Señora del Socorro, cargo en el que se desempeña hasta hoy.
Además de su actuación pastoral parroquial fue superior de comunidad en el Seminario de Villa Devoto, asesor arquidiocesanao del Movimiento Familiar Cristiano, viceasesor del secretariado arquidiocesano para la Familia, miembro de la Comisión arquidiocesana de preparación del curso anual del Clero Joven, decano del Decanato 3 “Norte”, miembro del Consejo Presbiterial, y Párroco consultor.
En setiembre de 1995 el Santo Padre Juan Pablo II lo distinguió con el título de Prelado de Honor de Su Santidad, incorporándolo así a la Familia Pontificia.
Fuente: AICA, para mas información consultar"páginas relacionadas con la catequesis"

martes, mayo 23, 2006

El Adolescente y su Mundo

Autor: Catholic.net
Capítulo 11:
C. Carácter Colérico ( Emotivo-Activo-Primario)
1. Descripción de los rasgos más característicos.La característica más importante de este carácter es la actividad exuberante. El colérico ha nacido para actuar, la actividad es su verdadera fuerza y, por tanto, la nota predominante de su carácter.En la vida social es muy cordial, es popular por su iniciativa y optimismo, por su alegría y buen humor, es muy extrovertido. Susceptible, inquieto, charlatán, es propenso a la mentira por tender a la exageración. Sus reacciones son instantáneas, violentas, necesita respuestas inmediatas, nada a largo plazo.Este carácter es idealista al máximo, compasivo, generoso y servicial. Incapaz de guardar algún rencor. Es voluble, cambiando fácilmente de gustos y amigos. Suele cambiar de actividad de manera frecuente y caprichosa y sin terminar lo que ha empezado. Busca éxitos inmediatos ya que es incapaz de subordinar sus actos a un fin lejano.
Eleva a verdadera caridad fraterna su innata inclinación a amar. Es muy caritativo con los enfermos. Sin embargo, por su vigor exuberante, peligra en su vida sexual, sobre todo en su afectividad, donde puede conquistar amores poco duraderos o tener caídas graves.La inteligencia del colérico está inclinada a lo concreto, lo inmediato y lo técnico. Es una inteligencia práctica que comprende con rapidez y demuestra capacidad de improvisación. Prefiere el trabajo en equipo al trabajo individual. Tiene espíritu de camaradería: ayuda con gusto a los demás, colabora siempre que puede, aún más, se adelanta y previene los deseos y necesidades de sus compañeros.
2. Comportamiento religioso.Ama poco la oración, la meditación, la renuncia y la abnegación; prefiere, en cambio, la actividad apostólica. Se inclina a presentar la vida sobrenatural en forma poco exigente y hasta quisiera acomodarla con la vida del "mundo".Busca una oración inmediata, sentida, pero breve. No le da importancia a la oración porque le interesa más su apostolado. En la oración piensa en el apostolado, por ello sufre muchas distracciones. Cuando ora, lo hace como si predicara a los demás. Prefiere la oración pública: litúrgica, con canto, meditación hecha en común o al aire libre.
Su generosidad natural le lleva a la abnegación y la caridad; está dispuesto a cualquier trabajo, aun cuando le suponga especial sacrificio. Por su gran capacidad de amar, ama las obras de misericordia espirituales y corporales, el apostolado social y misionero. Sin embargo su acción carece de raíces profundas. Se compromete, sin reflexionar suficientemente. Es poco favorable a la dirección espiritual, porque no le encuentra utilidad. No experimenta la necesidad de pedir consejo, porque, en general, decide por sí mismo. Le cuesta ser humilde, es propenso a hablar de sí; se resiente si fracasa y atribuye los éxitos a su actividad y a sus cualidades.

3. Pedagogía pastoral
San Pedro Apóstol y san Ignacio de Loyola son dos grandes santos que tenían este carácter.

a. Actitud del formador.
El orientado con carácter colérico es fácilmente moldeable. Hay que acostumbrarle a dominar sus explosiones temperamentales, convencerle de las desventajas de la extroversión que le llevan a disiparse, que le empujan a actuar según sus tendencias primarias. Hay que lograr que su trabajo converja en un sólo objetivo.Se debe usar con él un lenguaje directo, pero no hiriente. No chocar con él por el afán de dominarle, sino moldearle con motivos. Si se le trata de imponer algo, fácilmente se puede poner de malhumor. No tiene conciencia de sus limitaciones y hay que dárselas a conocer, pero con mucho cuidado, pues si se le contradice directamente nunca volverá a la dirección espiritual, o por lo menos quedará inhibido y molesto.
La metodología del Movimiento sabe proyectar a este temperamento. La labor de Cristo con san Pedro es un gran ejemplo; cómo le fue llevando a ser su vicario en la tierra.

b. Su vida espiritual.
Hay que presentarle la vida espiritual para que se convenza de ella y la asimile como santificación personal con miras a su apostolado. Acostumbrarle al gimnasio de la meditación, ayudándole en su lucha contra las distracciones. Enseñarle el diálogo con Cristo, que hable con El de su actividad, de sus preocupaciones, así su oración será personal y su voluntad se irá conformando con la de Dios.
Puesto que es generoso, hay que presentarle la mortificación interior como purificación requerida por el amor de Dios y necesaria para la eficacia apostólica. Acostumbrarle, sobretodo, al silencio y al recogimiento interior.Expuesto a serios peligros morales, debe habituarse a una vigilancia enérgica, especialmente del corazón y a tener ideas bien claras en materia de castidad. Hay que invitarle a una total sinceridad en la dirección espiritual, a mantener una sólida vida espiritual y ayudarle a la mortificación de los sentidos. Conviene, antes que nada, ayudarle a descubrir las raíces de sus faltas.

c. Apostolado.
El apostolado puede ser su vida, éste le reporta las mayores satisfacciones, pero también es su caballo de Troya, porque puede caer en la herejía de la acción: hacer por hacer. Su acción carece de raíces profundas, porque es irreflexivo y ama poco la oración y la abnegación interior. Se le debe hacer reflexionar sobre los motivos, el valor y el fin de cada acción que va a realizar, tanto de cara a su santidad como de cara a su vida apostólica. Así frenará la tendencia a actuar por actuar. La actividad es un arma de defensa y de ataque en el colérico. En su actividad pone todo su corazón. Por amor se convierte en un gran apóstol, todo lo que le conmueve, lo apoya; además es muy hábil en arrastrar a los demás a la esfera de su actividad y alegría.Hay que vigilarle de cerca, pero sin ahogar su entusiasmo generoso; es necesario encontrarle objetivos a corto plazo, pues si no dejará todo a medio camino. Hay que acostumbrarle a la reflexión sobre la obra que va a realizar, sobre los fracasos y sobre el porqué de los éxitos logrados. Que realice ejercicios de constancia y que recapacite en el porqué de la interrupción de su trabajo en una obra importante.

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Jose Luis Aboytes

..La iniciación cristiana: Un gran sacramento


Hemos definido inicialmente a la IC como un proceso de transformación en el que quien participa va identificándose progresivamente con Cristo y esto a través de un itinerario gradual.
Por ser un proceso supone etapas, no necesariamente consecutivas, pero sí mutuamente implicadas y orientadas a una misma finalidad. Proceso caracterizado por el anuncio y por la escucha de la Palabra de Dios, por la celebración de los Sacramentos y por el testimonio de fe, esperanza y caridad.Por ser un proceso de transformación supone cambios, de tal manera que quien participe asuma una nueva identidad, y que ésta se manifieste en su comportamiento personal y comunitario.Un proceso de transformación progresiva supone normalmente grados de desarrollo sucesivo, que tenga en cuenta "la lentitud de la madurez psicológica e histórica y la espera de la hora en que Dios lo haga eficaz".
Los momentos que componen esta iniciación guardan entre sí una íntima unidad, constantemente reclamada por el Magisterio, muy insistentemente desde el Concilio Vaticano II, y expresado de un modo vivo y elocuente en el Catecismo de la Iglesia Católica cuando afirma que "Mediante los sacramentos de la iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, se ponen los fundamentos de toda vida cristiana. "La participación en la naturaleza divina, que los hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y, finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad" (CEC1212). Sabiendo, pues que "los sacramentos del bautismo, de la confirmación y de la santísima Eucaristía están tan íntimamente unidos entre sí, [y] que todos son necesarios para la plena iniciación cristiana" nos preguntamos ¿en qué consiste esta "necesidad"?, ¿qué significa propiamente la expresión "plena iniciación cristiana"?, ¿a qué se refiere el Magisterio al insistir sobre la "íntima unidad" que existe entre los tres sacramentos mencionados?, ¿por qué advierte que esta unidad "debe ser salvaguardada" ? Ahora bien, el concilio de Trento ha afirmado categóricamente que los sacramentos no son ni más ni menos que siete y entre los enunciados no figura la iniciación cristiana. Cabe entonces preguntarnos, ¿podemos hablar de la iniciación cristiana como un "gran sacramento"?. Entendemos que el concepto sacramento no es unívoco sino análogo ya que el mismo magisterio nos habla de la Iglesia como sacramento universal de salvación , y ésta tampoco figura entre los siete mencionados en Trento. De allí que el primer punto que desarrollaremos en nuestra reflexión sobre la iniciación procurará describir en qué sentido utilizamos nosotros la expresión gran sacramento de la iniciación cristiana.
La perspectiva que los rituales expresan, dentro de un perfil doctrinal, acerca de la consideración unitaria de los tres sacramentos y su orden tradicional de bautismo-confirmación-eucaristía es suficientemente explícita, sin embargo una práctica pastoral, ampliamente extendida entre comunidades de la Iglesia Católica, en Europa y América, ha invertido el binomio "confirmación-eucaristía" por el de "eucaristía-confirmación", y separando cada vez más entre sí la administración de los tres sacramentos que conforman la iniciación cristiana, argumentando razones que se validarían por su oportunidad pastoral; pero esta decisión crea serias dificultades a la globalidad simbólica de la iniciación: ¿cómo hablar de la eucaristía como "cima de la iniciación cristiana", cuando, en su celebración, precede a la confirmación?, sin duda que la confirmación es uno de los momentos de esta iniciación pero ¿se la debe ubicar como culminación de este proceso?Creemos que la ubicación de la confirmación en el proceso de la iniciación cristiana, no es un tema menor, ya que nos parece que influye directamente a la valoración misma del sacramento.Si bien no desconocemos opiniones contrarias, no obstante nos parece conveniente insistir que la alteración del orden sacramental afecta a su carga simbólica.El calificativo de "dialogal" con el que consideramos a la acción sacramental de la iniciación cristiana surge por cuanto ésta encierra un dinamismo por el que la propuesta de Dios espera siempre una nueva respuesta actualizada por parte del hombre. Este gran sacramento no es un acto cerrado, clausurado en la celebración de cada rito, sino abierto a sucesivas respuestas, no siempre en el mismo sentido por parte del hombre. De allí que entendemos la iniciación cristiana no como un proceso lineal de crecimiento progresivo sino un proceso transformador en el que la garantía de crecimiento está ofrecida y anticipada gratuitamente por Dios y la eficacia del mismo está en estrecha relación con la libre respuesta del hombre. Aunque el hombre a lo largo de este diálogo salvífico demore su respuesta, responda negativamente o con indiferencia, la propuesta de Dios estará siempre abierta para él, expectante, como el "padre misericordioso" de la parábola narrada en el Evangelio según san Lucas. Podríamos decir que en cada respuesta "histórica" del hombre se dinamiza la eficacia de la acción sacramental, esperando la plenitud del eschaton en que nuestra respuesta se identifique con la de Cristo.Es pues una acción sinérgica con una dinámica dialogal entre Dios y el hombre, en la Iglesia. Acción abierta espontáneamente por iniciativa divina, que no se ajusta a los méritos de aquellos a quienes va dirigida, que los deja libres para acogerla o rechazarla. Así la Iglesia en la IC procurará estimular la respuesta del hombre por los legítimos caminos de la educación humana y de la persuasión interior. Facilitará los medios para que se haga posible a todos; a todos se destina la salvación sin discriminación alguna; a no ser que alguien la rechace o insinceramente finja acogerla. Acción que ha de respetar los grados de desarrollo sucesivo.
Nos parece oportuno señalar la convicción eclesiológica que articula nuestra comprensión de la iniciación cristiana. La Iglesia es ella misma un misterio. Y en cada acción sacramental profundiza y actualiza la conciencia de ese misterio a la vez que goza de su fruición anticipada en cada celebración. La Iglesia se sabe administradora de este misterio, se sabe portadora, no dueña, con la responsabilidad de ofrecer, de llevar a todos los hombres la Buena Noticia de que están invitados, como ella, a participar de este misterio. De allí que plantear como dicotomía irreconciliable el binomio evangelización-sacramentalización es un absurdo. No son más que dos aspectos de un mismo proceso, abiertos el uno al otro y expectantes de ulteriores desarrollos. La Iglesia es un misterio de comunión. Comunión que se alcanza por la identificación con Cristo, comunión que será plena y definitiva "cuando Cristo entregue el Reino a Dios, el Padre. […] Cuando él diga: "Todo está sometido", […], el mismo Hijo se someterá también a aquel que le sometió todas las cosas, a fin de que Dios sea todo en todos". Mientras tanto aquella comunión está sujeta a nuestra condición de peregrinos y por eso sometida históricamente a las variables circunstanciales de las respuestas humanas. Consciente de las debilidades a que se ve sometida en sus miembros, la Iglesia, sacramento de aquel misterio de comunión procura restablecer y afianzar la comunión. La iniciación cristiana es participación eficaz del misterio de comunión y es invitación permanente para convocar a los que aún no lo conocen, para afirmar a los que se han iniciado y para atraer a los que se han alejado.Teniendo en cuenta que la iniciación cristiana en cuanto sacramento implica en su celebración una interacción dinámica de dos sujetos, entre los cuales intervienen una multiplicidad de mediaciones dediquemos una consideración especial a lo que llamamos las disposiciones del sujeto refiriéndonos de este modo a quien recibe la gracia como don. No hemos de abordar la ponderación de quien se resiste interiormente a recibir la gracia o la de quien finge estar dispuesto a recibirla por cuanto consideramos que no estaría en directa relación con el tema abordado. Sin embargo desde nuestra responsabilidad como comunidad catequística deberíamos ponderar la incidencia de aquellas otras mediaciones para la eficacia sacramental, tales como las condiciones en que se celebran los sacramentos, o los recursos catequísticos de los que se valen los agentes pastorales, o la calidad de trato de la comunidad en que los interesados son recibidos.
Temer o poner óbices pastorales para la celebración integral de la iniciación cristiana, es olvidar que la celebración de este gran sacramento no es el término o punto final de una relación sino inicio, apertura, disposición para crecer en la comunión con Dios y con los hermanos. La celebración de los sacramentos no es entrega de trofeos o reparto de premios a los méritos de quienes los reciben sino la administración de un don que dispone y capacita para actuar meritoriamente en el seguimiento de Jesucristo."La iniciación cristiana no es otra cosa que la primera participación sacramental en la muerte y resurrección de Cristo".
P. Fabián Esparafita
arschingolo@ciudad.com.ar

De la revista comunicandonos Nro 47 del Isca

El Adolescente y su Mundo

Autor: Catholic.net
Capítulo 10:
B. Carácter Sentimental (Emotivo-noActivo-Secundario)
1. Descripción de los rasgos más característicos.
El sentimental es introvertido e inclinado hacia la vida interior. Sensible, templado, tenaz, auténtico, audaz, con piedad profunda.Por ser emotivo, los reproches le duelen hondamente, estos le pueden causar un complejo o una represión obsesiva o una sensación de fracaso. Percibe profundamente cualquier impresión, tanto si es buena como si es mala, alegre o triste. La medita lentamente y la revive una y otra vez.
No busca impresiones nuevas, le gusta ser conservador y cuando la vida le presenta una nueva experiencia le cuesta trabajo adaptarse a ella. Es idealista, pero en forma reservada y moderada. Le atrae lo estético.Es vulnerable, tímido, pesimista, indeciso, con poco sentido práctico. Es una persona que desconfía de sí mismo. Tiende a la inactividad, al aislamiento, al aburrimiento. Está lleno de costumbres y manías.
El sentimental tiene escasa aptitud para emprender, para la organización lógica y para la abstracción. Trabaja con interés, orden y método y le gusta hacer las cosas bien; sin embargo se desalienta pronto ante las dificultades, desconfía de sus posibilidades y es lento, tanto en la concepción como en la realización de las tareas. Tiene problemas para adaptarse a nuevas actividades y para el esfuerzo prolongado.Vive muy apegado al pasado, en el cual se refugia muchas veces, mientras que por otra parte se preocupa de organizar "con la imaginación" su porvenir. Sus proyectos e iniciativas se quedan siempre en el estado de aspiración y de sueño.Es delicado, muy fiel y constante en el afecto, amante de la soledad y el silencio. Muy recto, honrado, veraz. Con poco se contenta, no es nada ambicioso. Da mucho valor a la vida sencilla y pura. Está predispuesto a la comprensión de los demás, porque es reflexivo, procede con mucha calma y posee un espíritu muy noble y delicado.
Su poca actividad provoca en él la necesidad de una vida reposada, regular, bastante egoísta. Más que el instinto sexual, el verdadero peligro para la castidad del sentimental consiste en la tendencia y en la necesidad de afecto.
2. Comportamiento religioso.En el campo espiritual, el sentimental se siente muy atraído por su introspección hacia Dios de una manera íntima y profunda. Se siente atraído por todo lo que es estable, profundo; por tanto, por el Absoluto. Por ser emotivo, es sensible al amor de Dios, y por ser secundario se inclina a la vida interior y a la constancia. Sin embargo, apoya su vida espiritual en el sentimiento y no en elementos estables; así se deja llevar fácilmente por estados de ánimo de tristeza, alegría, desaliento y escrúpulos. Como es muy escrupuloso y tiene muchos recuerdos del pasado, manifiesta sentimiento de culpabilidad por lo que hay que hacerle ver que también existe la misericordia.
3. Pedagogía pastoral.
El santo Cura de Ars es ejemplo de este carácter. El sentimental, por medio de una acertada dirección espiritual, puede llegar a ser un gran santo, sobre todo porque uno de sus rasgos más característicos es su profunda vida interior.

a. Actitud del formador.
El sentimental está inclinado a la intimidad y la veracidad, va a la dirección espiritual en busca de comprensión y de cariño. Puesto que es muy sensible a la influencia de otra persona y del ambiente en que vive, el formador tiene una enorme responsabilidad en el aspecto humano; requiere tener una gran delicadeza de trato, una profunda comprensión y una paciencia ilimitada. Siempre que sea posible se le debe ofrecer la ocasión para expresarse libremente y a sus anchas; que nunca tenga la impresión de que se le apresura o de que cansa escucharle.
El sentimental necesita acogida. El formador debe ofrecerle cariño, comprensión y bondad; debe ser un apoyo para él, pero sin exageraciones, para evitar el apego excesivo.

b. Seguridad y proyección a los demás.
Crear y mantener un clima de confianza y comprensión es la única manera de salvar al sentimental de sus complejos. Hay que infundirle confianza en sí mismo valorando los menores éxitos y restando importancia a los fracasos, con el fin de que sea más optimista.Tiene una gran capacidad de amar y de ser amado por lo que hay que saber explotar esta fuerza. Que salga del propio yo y se proyecte hacia los demás porque el amor, por definición, es donación permanente. Descubrirle la alegría y satisfacción de la entrega, que se sienta feliz de darse, porque tiene capacidad de amar intensamente. Educarle a amar bien; no a amar para ser amado, con interés egoísta.Todo el trabajo del formador con el sentimental deberá consistir en suscitar la transformación del amor "humano" de amistad, en amor sobrenatural de caridad fraterna. La caridad deberá ser la base de toda su formación.

c. Su vida espiritual.
Se le debe orientar para que apoye su vida espiritual en la bondad y misericordia de Dios, así como en un amor personal a Cristo. Confiar en Dios y amarle personalmente, he ahí la base de su vida espiritual. El sentimental requiere vitalmente de apoyos seguros, y quién mejor que Dios y el formador.
No se le debe orientar en una ascética negativa que lo deprimiría. Que sea consciente de sus posibilidades, las valore y las aplique en su vida espiritual. Conviene formarle en la abnegación de sí mismo: mortificar la imaginación, luchar contra la tristeza y el análisis desmedido de las propias faltas. Hay que convencerle de que su carácter es el mejor dispuesto para el verdadero espíritu sobrenatural. Alertarlo para que no sea víctima de los escrúpulos.
Puesto que se inclina a la oración personal en el silencio, conviene desarrollar en su alma el contacto íntimo y profundo con Dios. Su meditación ha de convertirse en un coloquio personal y no en un pasatiempo y ocasión de desahogo de las propias penas y de la incomprensión de que se cree víctima; por ello habrá que aconsejarle que se olvide de si mismo en la oración. Ésta deberá proyectarle hacia afuera, con un sentido de entrega y generosidad al servicio de Dios y al prójimo.

d. El apostolado.
El sentimental goza de magníficas cualidades para el apostolado individual, como son la comprensión y la delicadeza con las almas. Por esto hay que suscitar el gusto y el valor por el apostolado. Goza de una emotividad intensa que, encauzada hacia los demás, se puede convertir en un gran celo apostólico.Se sensibiliza muy fácilmente con las miserias humanas. Por consiguiente, lleva el apostolado en el propio temperamento. Pero a la vez le faltan cualidades propias de un apóstol: dinamismo, liderazgo, coraje. Por esto habrá que formarle en el sentido de responsabilidad y de iniciativa (sobre todo, esta última le es necesaria), para que llegue a poseer una "personalidad" recia y desarrolle su capacidad de liderazgo.Cuando se haya convencido al sentimental de que se dedique al apostolado como un medio para el bien de su alma y la del prójimo, se habrá conseguido el éxito. Con sus dotes positivas, después de una buena formación, estará en condiciones de nutrir, a su vez, a otras muchas almas y convertirse en un excelente formador .
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Jose Luis Aboytes

¿Cómo Conduce la Clase el Mejor Profesor ?

Autor: Centro de Asesoría Pedagógica Fuente: Centro de Asesoría Pedagógica, es.catholic.net

¿Por qué hay profesores que obtienen mejores resultados que otros?

¿Cómo Conduce la Clase el Mejor Profesor ?La conducción de una clase puede parecer en primera instancia un asunto de entera libertad del profesor que escapa a cualquier sistematización y que, por ende, es un proceso totalmente subjetivo que difícilmente se puede prestar para un mejoramiento colectivo.Cada profesor desarrolla un estilo de dar clase y lo consolida a lo largo de innumerables sesiones de práctica. Con el apoyo de los coordinadores retroalimenta su forma de conducirla.Hay profesores que obtienen mejores resultados que otros, debido a que dentro del aula realizan una serie de acciones que producen en los alumnos mejores actitudes y hábitos hacia el aprendizaje.Ha existido el interés por conocer las características y acciones que un profesor exitoso realiza en el aula, que ofrece buenos resultados en el aprendizaje con los alumnos.Como resultado de este interés, y con base en las observaciones realizadas en las visitas a los salones de clase se ha configurado un conjunto de habilidades y estrategias que los docentes utilizan. Las habilidades y estrategias se han registrado y se presentan clasificadas en un inventario que las sistematiza y muestra la forma en que se relacionan. La ventaja de contar con este inventario de habilidades docentes es que los profesores, al conocerlas, se beneficiarían de tal manera que un profesor con menos experiencia tendría conocimiento de cómo trabaja un profesor experto.Presentamos algunas de las más importantes habilidades, estrategias, técnicas y reglas que los profesores mejor evaluados utilizan en sus aulas, con el propósito de que las conozcan y las apliquen en su práctica docente para potenciar el aprendizaje de los alumnos.Habilidades docentes y estrategias de enseñanza de los Profesores con mejor éxito en el salón de clases (PME) a) Habilidades docentes de los PME.· Habilidades discursivas.Estos profesores tienen presente la formación de la dimensión expresiva en los alumnos, así como la capacidad de diálogo que son de suma importancia. Por lo tanto procuran desarrollar esta habilidad y aplicarla en la exposición de sus clases, tratando de que los alumnos tengan un modelo de habilidad discursiva. Conforme el curso avanza los docentes aplican diversas estrategias y técnicas para potenciar la comunicación verbal en los estudiantes.Algunas de las habilidades son:
— Exponer el tema de la clase.
— Comunicar sus conocimientos y experiencias.
— Cambiar sobre la marcha el curso de su exposición.
— Retomar el curso de la clase cuando hace digresiones o tiene interrupciones.
— Introducir en su discurso a los interlocutores.
— Emplear un lenguaje claro, con entonación persuasiva, para atraer y mantener la atención del grupo.
— Aclarar dudas mediante ejemplos y metáforas.
— Utilizar la analogía y otros recursos de metáfora científica.·Habilidades cognoscitivas.En el perfil del profesor de estos docentes hay una preparación de excelencia, actualizada y con un conocimiento profundo de los programas de estudios que imparten. Además de contar con las habilidades cognoscitivas necesarias y suficientes para contestar adecuadamente las preguntas que los alumnos formulan, el manejo de estrategias que permitan desarrollar la clase con los conceptos idóneos, los ejercicios adecuados, la selección de tareas y de exámenes que mejor potencien el aprendizaje de los educandos.Ejemplos de estas habilidades son:
— Dar continuidad a los contenidos del programa a lo largo de las sesiones
.— Aclarar diferencias conceptuales.
— Seleccionar los ejercicios que han de realizarse en clase, en las tareas y en los exámenes.
— Crear nuevas expectativas en los alumnos y desechar expectativas erróneas.
- Mostrar seguridad en sí mismo y dominio del conocimiento.· Habilidades metodológicas.Proceden de manera metodológica, por que así lo propone el ideario pedagógico integral y también por el enfoque que los programas de estudios presentan, los cuales pretenden que el conocimiento se imparta siguiendo diversas metodologías según la ciencia de que se trate. El uso de la metodología científica y de las funciones principales de la inteligencia: analizar, sintetizar, relacionar y juzgar debe estar presente en los profesores, así como el empleo de recursos y equipo tecnológico. Ejemplos de habilidades metodológicas son:
— Llevar al alumno de lo abstracto a lo concreto.
— Presentar metodologías claras para la resolución de problemas.
— Secuencial izar el proceso de solución de problemas.
— Secuencializar el análisis de las partes del tema.
— Ejemplificar el conocimiento con casos prácticos y cotidianos.
— Formular preguntas claras que estimulen al alumno a pensar reflexivamente.
— Lograr lo que se propone. Llegar hasta donde lo anunció: lograr los objetivos.
— Utilizar la tecnología educativa para enseñar a través de un emisor técnico.— Representar en forma gráfica la realidad.
— Organizar su escritura en el pizarrón.·Habilidades para la conducción del grupo. En el área de formación humana de la pedagogía integral se mencionaba la importancia de fomentar y desarrollar en los alumnos el trabajo en equipo donde todos aportan, se enriquecen con la opinión ajena y suman esfuerzos. Esta formación se logra si los profesores tienen la habilidad para conducir un grupo y atender a cada equipo de trabajo según sus necesidades. Los docentes deben propiciar en el salón de clase el trabajo cooperativo ya que resulta muy productivo.Como habilidades para la conducción del grupo tenemos:
— Dirigir con asertividad las sesiones de clase.
— Conducir de manera uniforme a un grupo numeroso en la solución de un problema.
— Controlar la atención del grupo durante toda la sesión de clase.
— Atender a uno o varios alumnos en particular sin interferir en el trabajo de los equipos y sin que se afecte el interés de la clase.
— Hacer recomendaciones de todo tipo como facilitador de las tareas de aprendizaje.
— Estimular el empleo del tiempo para preguntas y para continuar la explicación del tema.·Habilidades para actuar como evaluador.La función de enseñar de un docente no acaba con la simple exposición del tema, sino que continua con las diversas retroalimentaciones que ofrece al grupo y a los alumnos de manera personalizada.La evaluación permite al profesor constatar el avance de los educandos en el aprendizaje y es una fuente de motivación para los alumnos cuando encuentran en el docente el reconocimiento por los logros obtenidos. Además muestra la cercanía y el interés del profesor en la educación personalizada de los alumnos. Algunos ejemplos de habilidades como evaluador son:
— Propiciar la retroalimentación por parte de sus alumnos.
— Responder a las inquietudes que percibe en el grupo.
— Estimular y reconocer públicamente a los alumnos cuando su trabajo es meritorio.
— Detectar los tropiezos de los alumnos en el proceso de aprendizaje.
— Detectar al instante un dato erróneo que aporta un alumno.
— Corregir de inmediato el error que cometen algunos alumnos.-
Cuestionar y hacer críticas constructivas a los planteamientos que los estudiantes proponen.
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Los laicos, protagonistas de la nueva evangelización


Entrevista con Ramiro Pellitero, profesor de Teología pastoral en la Universidad de Navarra NAVARRA, miércoles, 17 mayo 2006 (ZENIT.org).- El profesor de Teología Pastoral en la Universidad de Navarra, Ramiro Pelletero, acaba editar un libro que lleva por título «Los laicos en la eclesiología del Vaticano II» (editorial Rialp). En él se recogen textos de trece autores sobre la vocación y misión de los fieles laicos, a la luz del Concilio Vaticano II. En esta entrevista concedida a Zenit, el autor muestra cómo se ha vuelto a descubrir el papel de protagonistas de los laicos en la evangelización y transformación de la sociedad.
--Podríamos empezar por cuestiones de lenguaje que pueden parecer obvias para los expertos, pero no para el profano en estos temas. La palabra «laicos» se usa en nuestros días para designar a los partidarios del laicismo. Se habla de «Estado laico», «escuela laica», etc.: una posición ajena o incluso enemiga de la religión. Supongo que aquí no se usa en ese sentido.
--Ramiro Pelletero: En efecto. El sentido al que usted se refiere (el del laicismo) se relaciona también con el término de «laicidad», cuyo contenido es más conciliable con la perspectiva cristiana: designa la cualidad de un Estado o una sociedad que, sin ser confesional, es respetuosa con la religión. Sin embargo ese sentido no es el único. En el libro no se habla de esos «laicos», que serían los políticos que se pronuncian ante la religión, sino de los cristianos laicos. Es decir: de aquellos fieles cristianos que viven en el mundo, y que en el seno de la sociedad civil están llamados a extender el mensaje del Evangelio.
--Por otra parte ¿qué es exactamente la eclesiología? No bastaría referirse al «papel de los cristianos en la Iglesia» o algo así?
--Ramiro Pelletero: Hablar de los cristianos en la Iglesia sería correcto, pero confuso. Primero, porque aquí no se habla de los cristianos en general, sino de unos cristianos concretos, aunque sean la mayoría. Es decir, de aquellos cristianos que no son clérigos ni tampoco son miembros de la vida consagrada. Para abreviar, diríamos, de la gente de la calle, de los profesionales, de los padres y madres de familia, de los que se mueven en los ámbitos de la cultura y la política, etc. Por otra parte, hablar de su papel «en la Iglesia», podría hacer pensar exclusivamente en las tareas eclesiásticas o al menos intraeclesiales: las parroquias, los seminarios, los conventos, etc. Es decir, un «mundo» algo distinto del mundo ordinario, del ambiente de la calle. Por eso se enfoca el tema desde la eclesiología, es decir, desde el modo de entender la Iglesia y su misión en estrecha relación con el mundo. Y tal como esa misión se entiende desde el Concilio Vaticano II.
--Con un poco de malicia, alguien podría preguntar si la Iglesia ha inventado ahora a los laicos porque los sacerdotes son pocos, o algunos no llegan a lo que tienen que llegar.
--Ramiro Pelletero: Los laicos, en el sentido que aquí hablamos, nos los ha inventado la Iglesia, sino que existen desde los primeros cristianos. Hoy se sabe que el Evangelio se extendió por todo el Imperio Romano en muy poco tiempo gracias sobre todo a los «cristianos corrientes»: en las familias, entre los navegantes, los soldados, etc. Como dijo Juan Pablo II y ha repetido el Papa actual, todos los fieles estamos comprometidos para vivir y extender el mensaje del Concilio. En él se explicó que los fieles laicos son tan Iglesia como los clérigos o los que el Derecho canónico llama cristianos consagrados. En la época actual de globalización tecnológica, se está dando una transformación de las culturas. Se presenta el multiculturalismo como ideal, pero esto tiene sus riesgos, si faltase el diálogo. Mientras Occidente se descristianiza, hay por todas partes una vuelta confusa a lo sagrado, entremezclada e incluso disfrazada por la idolatría práctica del poder o del dinero. Esto lleva a una visión desencantada y pragmática de la vida.En esta situación los cristianos, y especialmente los fieles laicos, tienen una gran tarea por hacer. No han de conformarse con «ir tirando», o refugiarse en las iniciativas oficialmente católicas; sino que tienen una misión que realizar personalmente, junto con otras personas si lo desean (sean o no creyentes): con la coherencia entre su fe y su vida, con su actitud de diálogo y su búsqueda del amor y la justicia; con su participación en la vida cultural y política; con su atención especial a los más necesitados. Los fieles laicos están llamados a vivificar todas las realidades humanas con el espíritu cristiano. Esta fue la enseñanza constante del Fundador del Opus Dei y de la Universidad de Navarra, Josemaría Escrivá de Balaguer. Tal es el tema que aborda este libro.
--¿Podría explicar, algo más detenidamente cómo entendió el Concilio Vaticano II la vocación y la misión de los laicos? ¿Qué relación hay entre la fe cristiana y las cosas de todos los días, las preocupaciones de la «gente de la calle»?
--Ramiro Pelletero: Antes me he referido a lo que el libro dedica su primera parte: al hecho de que, por el bautismo, todos los cristianos son «Iglesia». Dentro de la común vocación bautismal, se dan diversas condiciones y vocaciones. Los fieles laicos están llamados para llevar a Dios las realidades temporales (la familia, el trabajo, la cultura y los medios de comunicación, la política y el deporte, etc.). Esto lo hacen como «desde dentro» de la sociedad, en y por las realidades ordinarias que entretejen sus vidas. Los presbíteros han de respetar y promover esta vocación y misión de los laicos «en medio del mundo», para extender el mensaje del Evangelio, trabajando juntos en un ambiente de diálogo y corresponsabilidad. A su vez, los laicos, como todos los demás cristianos, deben colaborar en lo posible con las tareas de la parroquia, como catequistas, consejeros, etc.
--¿Dónde se puede encontrar, dicho con palabras de nuestro tiempo, esta nueva manera de ver la Iglesia, de la que usted habla? Por otro lado ¿qué consecuencias tiene todo esto?
--Ramiro Pelletero: El Sínodo de los obispos de 1987 se ocupó precisamente de la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. De esto trata la segunda parte del libro. En ese Sínodo se examinaron muchas experiencias de la vida de los cristianos en todo el mundo, que dieron lugar a un vivo diálogo y a una rica reflexión sobre el tema. Como fruto del Sínodo, Juan Pablo II escribió una Carta apostólica, la «Christifideles laici», que recogió las conclusiones del Sínodo, junto con sus propias experiencias y reflexiones. En este libro se subrayan cuestiones importantes que allí se percibieron, anotadas por especialistas que intervinieron como peritos en el Sínodo. Ante todo, se trata de la identidad propia del laico y su condición en la Iglesia y en el mundo. Esta identidad viene expresada por el Concilio como cristianos caracterizados por la «índole secular». Esto quiere decir que, para los laicos, las tareas en que están metidos cada día son parte muy importante de su vocación cristiana, no ajenas a ella. Por eso han de vivir una fuerte «unidad» (coherencia) en su vida, como fundamento de su misión. Hoy se tiene una conciencia cada vez más viva del papel de los «cristianos corrientes» para una nueva evangelización.
--¿Podría poner algún ejemplo de la falta de coherencia entre la fe cristiana y la vida?
--Ramiro Pelletero: Entre las manifestaciones fundamentales de incoherencia se puede ver la búsqueda del bienestar a toda costa, o el activismo desenfrenado en el trabajo, que llevan a olvidarse de los deberes con Dios y con frecuencia también del amor a los demás. Otra manifestación es, o puede ser, la comodidad en la educación de los hijos, y una vida de familia carente de «estilo cristiano», que no quiere decir hacer de la familia una sacristía, sino una escuela de virtudes humanas y cristianas. También es frecuente que el tiempo de ocio transcurra sin contar con Dios y los demás, o dedicado a un consumismo feroz, con olvido de la sobriedad y otras manifestaciones de la naturalidad cristiana en la vida social. Esto puede ocurrir precisamente los domingos y fiestas, cuando se olvida que son días para cuidar especialmente la relación con Dios (la Eucaristía), y la dedicación a los demás, comenzando por la familia y los amigos, sin olvidar a los más necesitados.Habría que referirse asimismo a políticos que son incapaces de presentar los valores cristianos como servicio al bien común, empresarios que no viven la justicia social, editores y publicistas que se venden a lo que más vende. -
-Entonces, en la práctica, ¿cómo pueden los laicos vivir su vocación y misión?
--Ramiro Pelletero: Los cristianos que viven en el seno de la sociedad civil y desempeñan ahí su apostolado, pueden encontrar en las enseñanzas de san Josemaría Escrivá unas orientaciones muy valiosas para su tarea. Es lo que desarrolla la tercer parte del libro. Ante todo, la Eucaristía ha de ser el centro y la raíz de la vida cristiana de los fieles laicos, como lo es para toda la Iglesia. Esto desemboca en lo que san Josemaría llamaba «alma sacerdotal y mentalidad laical»: todos los cristianos, y especialmente los laicos, necesitan saberse realmente sacerdotes. Con palabras equivalentes, han de ser mediadores entre Dios y los hombres, que ofrecen, por las manos de los presbíteros en la Eucaristía, su entera existencia como alabanza y acción de gracias a Dios, como intercesión por las necesidades del mundo y reparación por los pecados de todos los hombres. La realidad de las cosas, según la ve el cristianismo, es que el mundo fue creado bueno por Dios, pero ha quedado herido por el pecado. Cristo lo ha redimido con su entrega en la Cruz, y los cristianos están llamados a actualizar la obra de Cristo en sus vidas. La mayor sabiduría sigue siendo «la locura de la cruz». La imagen de Juan Pablo II, enfermo y anciano, rezando el Vía Crucis abrazado a la cruz habla por sí misma. Para resumir la respuesta, me vienen a la memoria las palabras de Juan Pablo II al despedirse de España en 2003: «se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo».
--Este panorama parece muy elevado para los tiempos que corren. Los intereses parecen pegarse al terreno de lo práctico: solventar las necesidades más perentorias, arreglar los problemas que surgen cada día, buscar un mayor bienestar, etc. ¿No es la misión de los laicos un sueño bonito, pero irrealizable? ¿No exige un compromiso excesivo, que pocos querrán asumir?
--Ramiro Pelletero: Así sucedería ciertamente, si no fuera porque su vocación les capacita, ante todo para ser felices. Basta ver el entusiasmo que domina en las Jornadas mundiales de le Juventud. La misión cristiana es un servicio a la alegría del mundo. Una alegría que no es ingenua: no olvida las dificultades, pero sabe que cuenta con Dios. Desde ahí, los cristianos laicos pueden proponer el mensaje del Evangelio como el medio más eficaz para solucionar los problemas de las personas y las crisis sociales de nuestro tiempo; como el mejor medio para buscar la paz y la justicia en las familias y entre los pueblos; como el modo mejor para construir, en diálogo con todas las personas de buena voluntad, una «civilización del amor». Claro, todo esto, como usted sugiere, exige un alto nivel de compromiso. Compromiso de cada cristiano ante todo con Dios en la oración, único modo de responder día a día a la llamada divina para realizar esa misión insustituible que a cada uno le corresponde. Compromiso consigo mismo, para no dejarse llevar por la comodidad de pensar que otros lo harán mejor que uno. Compromiso con los demás, puesto que la tarea cristiana se lleva adelante «en familia», y en el seno de la entera familia humana. Compromiso, por tanto, con todas las personas, particularmente los más necesitados, los que presentan «miserias» en su cuerpo y en su espíritu: los pobres, los enfermos, los abandonados, y también los que no saben dar o recibir amor, que son, según Teresa de Calcuta, los más pobres entre los pobres.Como ha querido recordar Benedicto XVI en su primera encíclica, la misión de los cristianos es, en la medida en que viven y comunican el amor, la más grande revolución de todos los tiempos. Y es posible porque antes de dar, todos hemos recibido, o podemos recibir a diario, sobre todo en la oración y en los sacramentos, las energías necesarias para llevarla a cabo.

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Jose Luis Aboytes

El Adolescente y su Mundo

Autor: Catholic.net
Capítulo 9:
A. Carácter Nervioso (Emotivo-noActivo-Primario)
1. Descripción de los rasgos más característicos.Una persona con carácter nervioso es idealista y muy sensible, siente la necesidad de tener emociones y de vivir intensamente. Por su emotividad, su reacción a las impresiones es inmediata e impulsiva, cambia de humor según la emoción del momento, pasa del entusiasmo al desaliento, de la alegría a la tristeza y del amor al odio.Busca resultados inmediatos y que no impliquen mucho esfuerzo, le resulta muy difícil centrarse en el trabajo. Es perezoso, distraído, inconstante e irreflexivo. Tiene pocos intereses intelectuales. Está mal dotado para la comprensión, la memorización, la abstracción y el razonamiento lógico.Su inteligencia es más intuitiva que lógica. Tiene una gran predisposición para la literatura, poesía y las bellas artes. Destaca por su imaginación viva y la expresión espontánea.Entre sus potencialidades se puede decir que es sumamente sensible a la belleza, su comportamiento social es agradable y generoso lo cual le hace tener muchos amigos, aunque sean superficiales. Es delicado, alegre; generalmente optimista y afable. La emotividad es su fuerza. Su valor dominante es la diversión, la alegría de vivir el momento actual.La mayor limitación caracterológica es su movilidad tanto sentimental como de humor. A veces quiere huir de sí mismo, a base del alcohol o de los amigos, por esa emotividad que le impide sistematizar su vida.
2. Comportamiento religioso.El nervioso experimenta el contacto con Dios de una manera rápida, muchas veces con mucha fantasía. Este tipo de carácter se siente atraído hacia el ideal religioso. Experimenta una potente necesidad de amar y de imitar a alguien, sin embargo, por ser no activo, no está predispuesto al esfuerzo que supone el servicio de Dios o del prójimo.Siente la piedad como emoción religiosa y frecuentemente bajo un punto de vista estético o poético. Ama la oración breve y personal que le conmueva. No tiene aptitudes para la meditación, o se distrae, o se duerme. No hace reflexión evangélica, sino que lee el Evangelio como una novela, por esa hambre de emociones y de imágenes rápidas.Su religiosidad es superficial. Las pruebas: enfermedades, decepciones, la muerte de un amigo, le pueden ayudar a volver momentáneamente hacia Dios, pero su vida no cambia realmente porque sus reacciones son fugaces. A este carácter espontáneo, movedizo y cambiante le resultan duros los compromisos metódicos, la disciplina, los horarios.No puede estar tranquilo. Sometido a la inspiración del momento, se distrae o se aburre. Le cuesta la vida espiritual y el apostolado organizado. Si se afirma que la santidad consiste en la constancia de hacer la voluntad de Dios, la santidad del nervioso consistirá en la constancia de levantarse de sus inconstancias en el cumplimiento de la voluntad de Dios.El nervioso está muy expuesto a la incontinencia sexual. Muchas de sus excitaciones terminan en pecado, dada su gran impulsividad, sobre todo cuando se trata de jóvenes. Debido a su gran sensibilidad por la belleza, su afán de novedad y su desmesurada vanidad, busca en el amor sensaciones pasajeras y no la fidelidad de un amor profundo.
3. Pedagogía pastoral.La iglesia cuenta con grandes santos con este carácter, por ejemplo san Francisco de Asís que, con el amor personal a Jesucristo, encontró un fundamental apoyo para su santificación personal y para influir en la vida de la Iglesia.
a. Flexibilidad y constancia.El formador requiere de mucha prudencia para no herir la gran susceptibilidad de este tipo de carácter. Hay que escucharlo y acogerlo con paciencia y comprensión. El formador debe mostrarse acogedor, cordial, lleno de confianza y dispuesto siempre a animarle. Su dirección espiritual debe ser flexible pero constante.Si el orientado es nervioso y en la dirección espiritual siente que se le oprime, fácilmente puede explotar. Por una parte, no hay que aplastarle con brusquedades o ironías, y, mucho menos, ridiculizar su nerviosismo. Pero tampoco hay que favorecer su egocentrismo o dejar que sea esclavo de sus nervios. Tan mala es una dirección espiritual severa como una blanda, ambas corren el riesgo de hundirle en un sentimiento de rebelión o de provocar fugas o agresiones.
Se le debe ayudar a conocerse; de un modo afable, no hiriente, hacerle ver las dificultades de su carácter. Si el formador es hiriente o brusco acaba con toda posibilidad de relación, hay que apoyarle para que el mismo descubra los aspectos negativos de su carácter y sugerirle los medios para controlarlo.El formador puede tener mucha influencia en su vida, ya que este tipo de carácter siente fácilmente la influencia positiva de las personas, a las que intenta luego imitar. Experimenta la necesidad de la dirección espiritual y quiere colaborar, porque es generoso, además le gustan las conversaciones espirituales.
b. Metas cortas y atractivas.Es necesario habituarle al esfuerzo personal y progresivo porque le cuesta el trabajo sistemático. Por ser muy primario, el nervioso se desanima pronto, hay que ayudarle a disciplinar su trabajo, a centrarse en lo que hace y a organizarse.Hay que darle metas escalonadas. Eso ayuda mucho. A un nervioso se le deben proponer programas mensuales o semestrales; incluso, ponerle medios dinámicos para lograrlas, no medios fríos. No se puede abusar de su esfuerzo porque, al contar con bases poco profundas, se puede desmoronar fácilmente. Un esfuerzo por metas y medios ágiles es la clave para su perseverancia y superación.
c. Dominio interior.Firmeza para lograr el dominio de sí mismo, es un objetivo importante que se debe lograr. Si se le deja actuar a su antojo puede llegar el momento en que se convierta en un esquizofrénico. Es esencial acostumbrarle a ser reflexivo, no dejarle actuar a lo primero que le salga o a lo primero que se le ocurra. Acostumbrarle a reflexionar antes de hablar y de actuar; que domine esos movimientos desordenados primarios. Aconsejarle una metódica y constante disciplina para salir de su precipitación, ligereza e inconstancia. Que trabaje en el desarrollo de hábitos de la puntualidad, el orden, y la responsabilidad en el trabajo.
El dominio propio y la pureza de intención acabarán progresivamente con sus errores y le pondrán en el camino de Dios. Darle confianza, que se convenza de que puede lograr ese dominio interior profundo. Su formación espiritual deberá centrarse en el desarrollo y control de su emotividad.
d. Reflexionar en las actitudes.Hay que orientar al nervioso sobre el verdadero sentido del pecado, esto es, que vea su pecado en relación con Dios y no en relación consigo mismo. Luego hay que dirigirle para que reflexione en sus actitudes, porque muchas veces el nervioso analiza sólo lo que ha hecho y no por qué lo ha hecho. El formador normalmente ve lo exterior y con frecuencia esto le puede mortificar. No hay que fijarse tanto en las faltas que pueden resultar innumerables. Un nervioso hace tantas tonterías que impacienta a cualquiera. Hay que ayudarle a profundizar en las actitudes que producen esas constantes fallas para que ponga soluciones de raíz.En el campo de la sexualidad y castidad hay que orientarle hacia la calma y el sentido de responsabilidad personal. Todo debe encaminarse hacia las actitudes y el sentido de responsabilidad y de reflexión.
e. El apostolado.Finalmente se debe encauzar su inquietud y fuerza pasional hacia el apostolado. Su generosidad le puede llevar al sacrificio; su afectividad, a darse y a amar si se le presenta un ideal noble y elevado.A un nervioso hay que darle responsabilidades, que trabaje, que desarrolle su inquietud en labores perdurables. Pero es necesaria la supervisión, no conviene dejarlo solo por su inconstancia, porque vuelve al egocentrismo y a realizar lo que su capricho le dictamina.
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Jose Luis Aboytes

Guión Domingo 28 de Mayo - Ascención del Señor

Celebrando la Vida

en el

Nuevo Milenio

Guiones para la celebración de la Cena del Señor

Ciclo "B"

Miguel Ángel Osimani

EDICIONES BETANIA

 

 

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

 

 

PREPARACIÓN:    

Antes de la salida del celebrante.

 

A lo largo de estos domingos de Pascua hemos venido contemplando el misterio de la presencia del Señor entre nosotros, y hoy celebramos la Fiesta de su Ascensión a la gloria del Padre. Una fiesta que nos recuerda cómo el hombre Jesús de Nazareth ha sido exaltado a la derecha del Padre.

Y en este d

ía, como todos los años y de acuerdo con el Decreto del Concilio Vaticano II sobre los Medios de Comunicación Social, se desarrolla la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, este año bajo el lema de: " Los medios, una red que facilita la comunicación, la comunión y la cooperación".

 

AMBIENTACIÓN:

Luego del saludo inicial y antes del acto penitencial.

 

El Señor nos manifiesta hoy, con esta fiesta, el punto culminante de la vida y obra de su Hijo hecho hombre: vuelve junto a Él sin dejar de permanecer realmente con nosotros y nos preanuncia su venida gloriosa al final de los tiempos. "Es el inicio de una nueva presencia. Sentado a la diestra del Padre, Cristo se hace, de modo aún más profundo e íntimo, compañero de viaje del hombre. Si con la Encarnación el cielo descendió a la tierra, con la Ascensión la tierra, en cierto modo, fue elevada al cielo."

 

1ª. LECTURA:             (Hch 1, 1-11)    (texto)

 

En este relato de la Ascensión vemos la inauguración en la tierra, del tiempo de la Iglesia, que ha de llevar a cabo su misión hasta la segunda venida gloriosa del Hijo de Dios.

 

SALMO RESP.:          (46, 2-3. 6-9)    (texto)

 

R.   El Señor asciende entre aclamaciones.

 

2ª. LECTURA:          (Ef 1, 17-23)     (texto)

 

Pablo pide para nosotros, el espíritu de sabiduría y revelación para conocer el plan salvífico de Dios y la grandeza de su poder.

 

EVANGELIO:           (Mc 16, 15-20)    (texto)

 

En el santo Evangelio escuchamos al mismo Jesús que, antes de su partida, envía a sus discípulos a llevar el anuncio de la Buena Noticia a todas las naciones. Lo aclamamos gozosamente poniéndonos de pie y cantando el Aleluya.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES:

 

CELEBRANTE:

 

Unidos al Rey de la Gloria, nuestro hermano y Señor, que elevado sobre la tierra atrae a todos hacia sí, oremos al Padre que escucha siempre la plegaria de su Iglesia.

 

GUÍA: A cada una de las intenciones responderemos orando:

 

"POR CRISTO GLORIFICADO, TE LO PEDIMOS SEÑOR"

 

v Padre bueno, te pedimos por nuestro Santo Padre, para que todos los hombres del mundo, especialmente los comunicadores sociales, reciban la invitación a acoger con autenticidad la autocomunicación de Dios en Cristo, que significa en realidad una llamada a reconocer su fuerza dinámica dentro de nosotros, y desde ahí pueda propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, oremos...

 

v Padre santo, te pedimos por nuestro Obispo, para que bajo su guía podamos cumplir el mandato de anunciar la Buena Noticia y formar una Iglesia diocesana verdaderamente comprometida con la nueva evangelización, oremos...

 

v Señor, te pedimos por los responsables de los medios de comunicación social, llamados a ser responsables, a ser protagonistas de la verdad y promotores de la paz, que requiere tanto la búsqueda como la transmisión de lo que es el sentido y el fundamento último de la existencia humana, personal y social y así, los medios podrán contribuir constructivamente a la propagación de todo lo que es bueno y verdadero, oremos...

 

v Señor, te pedimos por todos los padres y madres de familia, para que. además de ser espectadores capaces de discernir por sí mismos, puedan ayudar en la difícil pero altamente satisfactoria vocación de educar a la niñez, con la presentación de modelos edificantes de vida y amor humanos oremos...

 

v Señor, te pedimos por todos los cristianos, para que viviendo la esperanza de Jesús Resucitado y ya en la Gloria del Padre, esperemos con alegría al Espíritu Santo, que con su fuerza, cambiará nuestras vidas, oremos...

 

CELEBRANTE:

 

Padre misericordioso, concédenos lo que con fe te hemos pedido y, junto con el Espíritu Santo que nos has prometido, dános la irresistible esperanza de sentirnos atraídos hacia donde tu Hijo nos ha precedido. Te lo pedimos por Él que contigo vive y reina por los siglos de los siglos.

 

PRESENTACIÓN DE LAS OFRENDAS:

 

Ofezcámonos ahora a Dios, para ser sus instrumentos, y sirviéndolo a Él y a nuestros hermanos, podamos ser auténticos promotores de la unidad y el progreso de todos los hombres.

 

DIALOGO DEL PREFACIO:

 

Llenos de alegría porque Jesucristo ha resucitado y vive ahora y por siempre con Dios, hagamos nuestra acción de gracias al Padre, que con su amor quiere que nosotros también lleguemos allí.

 

COMUNIÓN:

 

El Padre todopoderoso ya desde este mundo nos hace participar de su vida divina y aviva en nosotros el deseo de la patria eterna, donde nos aguarda Cristo, que ahora se nos da como verdadero alimento para este camino.

 

DESPEDIDA:

 

El Señor hoy nos ha enviado a anunciar el Evangelio a toda la creación, prometiéndonos que su Espíritu nos acompañará en esta misión. Que toda esta semana sea una verdadera preparación para recibir el próximo domingo, en la Solemnidad de Pentecostés, ese mismo Espíritu que Él nos envía.